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El drama de la inmigración

Morir en un CIE

LEONARD BEARD

Morir en un CIE

Najat El Hachmi

Con qué naturalidad asumimos que en España te puedas morir por "deficiencias burocráticas" y no pase absolutamente nada

Morir en la soledad de un recinto lleno de personas. Personas con las que te han puesto solamente porque son como tú, del mismo color de piel. Ni eso. La negritud es solo una parte de la cartografía que condena a ser carne deshumanizada, el tipo de gente que puede morir entre la multitud de una habitación que es de todo menos propia porque la compartes con desconocidos. Mala suerte, no haber nacido en el sitio equivocado.

Samba Martine era una mujer congoleña de 34 años que murió en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Aluche, en Madrid, en noviembre del 2011. Había llegado a Melilla unos meses antes, después fue internada en un CETI y finalmente enviada al CIE madrileño a la espera de ser expulsada. Era seropositiva y por eso una infección por hongos le costó la vida. No era ladrona ni asesina ni estafadora ni había cometido delito alguno. Su crimen fue no tener permiso para residir en territorio español. Una situación administrativa que pagó con la privación de su libertad en condiciones infrahumanas en un centro lleno de otros 'irregulares' sin habitaciones ni individuales ni dobles, pocos baños y una atención médica deficitaria. Por lo que parece hasta 12 veces llegó a pedirla antes de morir.

Morir por "deficiencias burocráticas"

La familia de Samba, SOS Racismo y Ferrocarril Clandestino denunciaron su muerte. En un primer momento la causa se desestimó porque, venía a decir el juez de instrucción, de todos modos habría muerto dado que tenía VIH. En el 2014 la Audiencia Provincial reabrió el caso y ahora ha sido absuelto el único acusado, el médico que la atendió antes de morir. El juez cree que “sería injusto cargar contra el acusado en exclusiva la defunción de la señora Martine y tanto las omisiones de otras personas como las deficiencias burocráticas tuvieron un peso muy relevante en que la interna no recibiera el tratamiento debido”.

Y con qué naturalidad asumimos que en España te puedas morir por “deficiencias burocráticas” y “omisiones de otras personas” y que no pase absolutamente nada. Que no haya una causa, una instrucción, una denuncia contra todo el sistema utilizado para controlar a seres humanos que hemos decidido que dejen de ser considerados como tales solo porque es mucho más importante controlar las fronteras. Mucho más que proteger los derechos básicos de personas como tú y yo, que sufren, que desean, que aman, que quieren vivir sin que cada noche les cierren con llave y sin aseo. 

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Nunca he visitado un CIE. No sé cómo es de primera mano. Pero el Defensor del Pueblo lleva años realizando informes en los que denuncia sus deficiencias. En el último, por ejemplo, cuenta que no hay asistencia médica durante las 24 horas del día, menos aún atención psicológica o psiquiátrica ni asesoramiento jurídico individual. Carencias que se suman a las descritas anteriormente como la falta de baños privados o la masificación. El informe pone de manifiesto que estos centros se están convirtiendo en un instrumento de contención de las entradas irregulares, sobre todo de quienes llegan por mar. No estaban, en un primer momento, diseñados para esta función sino para retener aquellos que estaban pendientes de expulsión, sobre todo si habían cometido algún delito. Muchos no pueden ser expulsados por motivos varios pero aun así son encerrados. No se separa a los que tienen antecedentes penales de los que no los tienen. Mujeres embarazadas, personas mayores o enfermos graves son internados en los CIE. Incluso se llega a detectar “presencia” de madres con hijos.

No he estado nunca en un CIE pero me puedo imaginar la angustia y el sufrimiento de estar encerrada por el simple hecho de haber llegado a un territorio huyendo de la guerra, la pobreza, la falta de expectativas vitales. Haber atravesado fronteras, superando numerosos obstáculos, en algunos casos haber sufrido violaciones. No haberte ahogado en el mar y que de repente te castiguen por tu coraje y resistencia.

Peor que la cárcel

Cuando vemos imágenes de la frontera entre Estados Unidos y México todos movemos la cabeza y decimos qué loco, este Trump, y dormimos tranquilos pensando que la injusticia está muy lejos. No nos indignamos o somos pocos los que creemos que es infrahumano retener a alguien contra su voluntad sin que haya cometido ningún delito, en unas condiciones mucho peores que las que disfruta el asesino más sanguinario.

Puede que el médico no fuera responsable de la muerte de Martine, pero seguro que lo fueron las “deficiencias burocráticas”.

Mientras tanto, sigue vigente la 'golden visa', el vergonzoso mecanismo por el que un extranjero cualquiera puede obtener permiso de residencia de forma casi inmediata por inversión, es decir, si es capaz de desembolsar un mínimo de medio millón de euros para comprar un inmueble.