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ANÁLISIS

Protestas contra Colau en la plaza de Sant Jaume.

REUTERS / ALBERT GEA

La misma piedra, dos veces

Jordi Mercader

Lo han vuelto a hacer, fieles a sus consignas. Los dirigentes de los partidos independentistas sobreviven desde hace dos años gracias a los errores políticos y los excesos judiciales del Estado, pero atenazados por sus propias torpezas no consiguen ampliar la base. El episodio de la plaza de Sant Jaume, donde se respiraba de todo menos amor por Ada Colau y sus seguidores, es la segunda gran equivocación respecto del soberanismo no independentista. La primera fue la de septiembre de 2017 en el Parlament. Entonces fueron los diputados y ahora los 'hooligans', pero en ambas situaciones sucumbieron a la fascinación por su propio discurso y a la intransigencia con quienes no acceden a sus planes.
En el pleno de las leyes de desconexión, la mayoría independentista ignoró las advertencias de LluÍs Rabell y Joan Coscubiela sobre los peligros de la temeridad que iban a cometer en nombre de una idea compartida, el ejercicio del derecho a decidir, pero mediante una estrategia políticamente suicida. Los líderes de Catalunya Sí que Es Pot fueron señalados como traidores y se abrió una brecha con el soberanismo moderado, heredado luego por los 'comuns'.
Desde aquel desencuentro y tras el cumplimiento de la profecía, se han prodigado las apelaciones de los republicanos a la ampliación de la base, que en realidad solo puede interpretarse como el acercamiento a los 'comuns'. Ampliar la base sin renunciar a la unilateralidad ya es en sí misma una formulación poco amistosa para los receptores de la propuesta, se trata de incorporarlos a una estrategia fallida e ineficaz, salvo para poner de manifiesto algunos déficits del estado de derecho vigente. Pero aun así, la consigna se mantuvo, al menos verbalmente por parte de ERC y los 'comuns' mantuvieron viva la expectativa.
Los movimientos previos a las municipales permitieron pensar que iba en serio. El resultado lo dejó todo en el aire pero los negociadores de ERC se confundieron y dejaron escapar el gobierno municipal por exigir una alcaldía que tenían perdida desde la madrugada electoral. El frente amplio de izquierdas en el Ayuntamiento de Barcelona topó con la santa expiación como método de hacer política. Y se desató la ira política contra Colau y los suyos. Con los concejales del PSC y con Manuel Valls, también, pero desgraciadamente esto ya no es noticia.
El insulto es una extraña forma de hacer amigos y la aplicación del talión una manera muy atípica de ganarse aliados en política. Sin embargo, las consecuencias de este nuevo error del independentismo en relación a los 'comuns' son todavía impredecibles. La alcaldesa Colau se mantendrá abierta a la cooperación con los republicanos, pero dependerá de éstos evitar que las dudas generadas sobre la sinceridad de sus ofertas de aproximación para ampliar la base social no se consoliden en una distancia insalvable. La reaparición del lazo amarillo en el balcón es un gesto para los presos, tal vez no es todavía un mensaje de paz para los partidos independentistas.

Temas: Ada Colau