Ir a contenido

Análisis

Colau y Collboni ¡a las cosas!

Colau y Collboni ¡a las cosas!

Jordi Alberich

La tarea es tan compleja en Barcelona que hay que dejarse de gesticulaciones

La constitución del nuevo consistorio barcelonés resultó un homenaje a la gesticulación. Esta, siempre presente en la política, adquirió una especial dimensión tanto en intervenciones de líderes políticos como en todo lo que rodeó la ceremonia. Y la primera decisión de la reelegida alcaldesa cabe también situarla en el ámbito de los gestos, al colgar el lazo amarillo en la fachada del Ayuntamiento. Como, asimismo, sus primeras declaraciones, cargadas de sentimiento, indignación y una cierta mala conciencia por haber aceptado el apoyo de Manuel Valls, a quien debe reconocérsele su sentido político.

Ada Colau tiene una especial inclinación hacia la gesticulación. Una habilidad que le permite gestionar una fuerza política tan difícilmente gobernable como la que le sustenta y, a la vez, sortear muchas decisiones de especial complejidad. Pero, en este caso, la realidad le condujo a una inevitable disyuntiva que le ha forzado a enfrentarse a parte de los suyos, y a conocer en propias carnes el rechazo del radicalismo independentista. Pero hay que animar a nuestra alcaldesa, pues tiene por delante un mandato para relanzar la ciudad.

Barcelona se encuentra en un momento muy complejo. Tras años de una sorprendente autocomplacencia, ahora parece sumida en una profunda desorientación. Para unos, la ciudad no ha perdido pulso y sigue siendo referencia global mientras que, para otros, el 'procés' y el 'colauismo' han acelerado una decadencia que viene de lejos. Posiciones encontradas pero que pueden coincidir en dos consideraciones: Barcelona aún dispone de activos para reposicionarse
como referencia de ciudad abierta y dinámica, y los cuatro próximos años resultarán determinantes.

Inmersa en el descalabro político del país y con un poder empresarial menguado, las consecuencias de la fuga de empresas no son menores, la ciudad necesita imperiosamente de un buen gobierno. Aquel que le permita hacer frente a una triple exigencia: gestionar el malestar y desconcierto de una ciudadanía que aún padece los efectos de la crisis; cohesionar y estimular al mundo empresarial alrededor de un proyecto económico de futuro; y conformar un subsistema político que no se vea arrastrado por los vaivenes y radicalismos de la política catalana.

El nuevo gobierno municipal puede afrontar este enorme reto. De una parte, la experiencia de cuatro años debería resultar útil a la alcaldesa que, además, ha incorporado personas con experiencia y sensatez a su círculo de confianza. De otra, Jaume Collboni ya demostró su capacidad por articular al mundo económico y, ahora, ha sabido conformar una candidatura solvente y estimulada por ese nuevo empuje del PSC. Además, los sectores privados más
dinámicos se muestran comprometidos con el nuevo rumbo municipal.

La tarea es tan compleja como indispensable. Para ello, lo primero y fundamental será olvidarse de gesticulaciones y atender aquel sabio consejo que Ortega y Gasset lanzó a los argentinos, sumidos en debates esencialistas: ¡a las cosas!