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La clave

Cartel indicativo de la localidad de Alcàsser.

MIGUEL LORENZO

Toñi, Miriam y Desirée

Joan Cañete Bayle

Sí, Toñi, Miriam y Desirée fueron víctimas de una vasta y compleja red. Se llama violencia machista

Toñi, Miriam y Desirée. Tres nombres de pila bastan para rememorar el horror, el dolor y la vergüenza. Son los tres nombres de las adolescentes de Alcàsser desaparecidas en noviembre de 1992, torturadas, violadas y asesinadas, un crimen que se atribuye a Antonio Anglés, en paradero desconocido desde el descubrimiento de los cadáveres, y Miguel Ricart, único condenado y en libertad tras la derogación de la ‘doctrina Parot’ después de haber cumplido una pena de 20 años. Toñi, Miriam y Desirée apenas aparecen en el documental ‘El caso Alcàsser’, que reconstruye en Netflix el devenir de un suceso crucial en la historia moderna española. Son las víctimas, protagonistas ausentes de su propia tragedia, ajenas a lo que sucedió desde que sus padres denunciaron que nunca habían vuelto a casa tras salir camino de la discoteca.

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Toñi, Miriam y Desirée. Sus nombres nos llevan a otros, a los auténticos protagonistas de la historia que han convertido a Alcàsser en sinónimo de desvarío social y mediático a raíz de un suceso. Nieves Herrero, Paco Lobatón y Pepe Navarro, con la ayuda del inefable periodista y criminólogo (sic) Juan Ignacio Blanco, son historia del periodismo español. Con Alcàsser, Herrero y Lobatón zambulleron al país por primera vez en el morbo de la basura prostituyendo el nombre del periodismo. Navarro lo bañó en excrementos. Después de ellos vinieron otros ‘reality’ y juicios paralelos, quizá peores, pero nada impresiona tanto como la primera vez. Impacta ver de nuevo en el documental los programas que se emitieron la noche en que se hallaron los cadáveres o durante el juicio. Por un lado, avergüenza constatar hasta qué simas morales descendieron. Por el otro, se les reconoce como pioneros. Qué hubiera sucedido con Alcàsser en la era de las redes sociales es una distopía de terror, digna de otro éxito de Netflix: ‘Black mirror’.

Toñi, Miriam y Desirée. A sus nombres está unido el de Fernando García, padre de Miriam. Enjuto, 27 años después conserva la mirada entre perdida, alucinada y decidida que lo convirtió en el padre coraje favorito de los platós. El paso del tiempo suaviza la mirada hacia él. La inmensidad de la pérdida, el vacío del dolor, lo explican, si bien no lo justifican. Si otros protagonistas de la tragedia son carroñeros y miserables, García es humano en todo el sentido imperfecto de la palabra. Es fácil desear junto a él que el horror se explicara por una gran conspiración de próceres y no por la sordidez de Ricart y los Anglés, esa familia que parece surgida de la mente febril de un guionista de ‘Fargo’. Esa fue siempre la gran baza de la teoría de la conspiración, el deseo de que fuera verdad para darle sentido a un mundo que no lo tiene.

Pero el caso es que sí hubo una gran conspiración tras la muerte de Toñi, Miriam y Desirée. El documental lo explica con gran acierto. Una conspiración que afecta a toda la sociedad de forma transversal, desde políticos a periodistas pasando por jueces, policías, abogados, maestros, etcétera. Como Marta del Castillo, como Diana Quer, como Laura Luelmo, Toñi, Miriam y Desirée fueron víctimas de una vasta y compleja red. Se llama violencia machista. Hoy, centenares de víctimas después, sigue causando horror, dolor y vergüenza. No olvidemos sus nombres: Toñi, Miriam y Desirée.