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Música que sorprende

David Bowie, junto a Peter Frampton, en su actuación en el Miniestadi del FC Barcelona, en 1987 (’Glass spider tour’).

FERRAN SENDRA

Perlas

Rosa Ribas

A veces, incluso debajo de la canción más adocenada encuentras un acorde que hace que no huyas cuando suena, sino que la escuches esperando ese raro momento luminoso

Muchas mañanas escribo en un pequeño café de mi barrio. Suelo llegar cuando abre, el dueño acaba de encender la cafetera y pone la música. Siempre es la misma. Lo que es bueno porque así la neutralizo y puedo escribir sin que me moleste. Solo me despisto un poco cuando suena 'Space oddity', de David Bowie, una pausita agradable. Pero hace un par de días se me coló una voz horrible, nasal y paleta, en la canción. Y recordé que gracias a ella llegué a esta canción.

Cuando era pequeña en casa entraban muchos discos de una manera más bien azarosa. Creo recordar que mi padre tenía un cliente que a veces se los regalaba o le dejaba a buen precio restos de serie. De ese modo aparecían en un mismo paquete tanto el 'Capricho italiano', de Chaikovski, como 'Le lac majeur' de Mortimer Shuman o 'Silvia', de Leandro, un chico con barba al que escuchábamos con la melancolía debida a los cantantes muertos en carretera. Y uno de los hermanos Calatrava. No sé cómo se llamaban. Eran simplemente el feo y el guapo. El guapo lo era porque el otro era de una fealdad exagerada con muecas que después solo le vi a los insoportables Joe Rigoli o Jim Carrey. El disco que apareció por casa era su versión paródica de 'Space oddity' de David Bowie. No conocía el original y el disco era un espanto doloroso, pero de vez en cuando lo escuchaba porque los gritos, ruidos y textos supuestamente chistosos no lograban enterrar por completo el original y su calidad traslucía. Así llegué a la canción de Bowie.

A veces, incluso debajo de la canción más adocenada encuentras un acorde, un giro en la melodía, que hace que no apagues la radio o huyas cuando suena, sino que la escuches esperando ese raro momento luminoso. Como si al autor de la canción se le hubiera escapado, a pesar de que lo que pretendía era componer algo más lerdo. O quizás es una señal de socorro, una botella lanzada al mar. “Aquí estoy, soy capaz de crear belleza, pero me tienen encerrado en un estudio componiendo esto”.

Llega el verano y con él el asedio sonoro se intensifica. Las ventanas están abiertas para compartir las filias musicales (además de otros sonidos muy humanos) con el vecindario. Y nos llega la canción del verano. Igual este año hay suerte y la musiquita que nos asaltará en las tiendas, los bares, incluso en casa gracias a la generosidad o la sordera de algún vecino, contendrá esa rara joya. En unos grandes almacenes, entre sudores ajenos y propios, apretujones, gritos, niños llorando, cerraremos un segundo los ojos y sonreiremos en secreto cada vez que suene ese momento de magia involuntaria.