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Dos miradas

Aspecto de una jornada de exámenes en el campus de la Ciutadella de la UPF.

DANNY CAMINAL

No leemos: "es el mejor y hará teatro", sino "podría hacer ciencias exactas, pero dice que se dedicará al espectáculo". La convención nos impone la lógica de los resultados inmediatos y previsibles

Parece ser que un chico de Alicante no solo ha sacado un 10 en el bachillerato, sino un 14 sobre 14 en las pruebas de acceso a la universidad. Hacerlo mejor es imposible. Es decir, estamos ante un genio en potencia. Más aún: ante una persona que ya ha demostrado con contundencia que puede aspirar a triunfar en cualquier campo del conocimiento que se proponga. Desde la física cuántica a la supercomputación, desde la biomedicina a la genética, desde la aeronáutica a la ingeniería de puentes y caminos.

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La gran sorpresa (y no es la primera vez que pasa) es que este chico ha decidido ser dramaturgo. Cuando alguien que lo puede hacer todo decide hacer algo que no exige (¡en apariencia!) el grado de inteligencia y sabiduría que él ha certificado, es decir, cuando se rompen expectativas, la sociedad reacciona con un 'pero'. Nos olvidamos del 'y' y usamos el adversativo. No leemos: "es el mejor y hará teatro", sino "podría hacer ciencias exactas, pero dice que se dedicará al espectáculo". La convención nos impone la lógica de los resultados inmediatos y previsibles. Hemos olvidado que el interior del ser humano es más ignoto y oscuro (y tal vez más exigente) que el espacio sideral.