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El final del juicio del 'procés'

Manuel Marchena, en el centro, figura crucial del juicio a la cúpula independentista.

EMILIO NARANJO / POOL AFP

Una sentencia que nos devuelva a la realidad

Josep Martí Blanch

La democracia española no ha estado a la altura, aferrándose al procedimiento para justificar acusaciones gravísimas sustentadas en recortes de periódico

El juicio ha permitido exprimir muchos sentimientos. Pero hoy, con el último turno de palabra de los presos, solo cabía experimentar tristeza. Queda el trabajo de los jueces que van a firmar la sentencia. Dos certezas al respecto: no agradará a todos e impactará, no solo en los presos, sino sobre todos y cada uno de nosotros.

Hay quien cree que España no es una democracia. No es razonable esta afirmación. Sí lo son las que matizan que esta democracia no ha sabido superar con éxito la prueba de estrés a la que le sometió en 2017 el independentismo catalán; que tampoco actuó, a su vez, con la exigencia de pulcritud democrática que reivindica y patrimonializa.

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Eso es lo que hemos visto en el juicio. Una democracia que se aferra al procedimiento para justificar acusaciones gravísimas sustentadas en recortes de periódico y apuntes en redes sociales; y unos acusados puestos ante un doble espejo de irresponsabilidad y frivolidad política que, pese a quien pese, no figura en el Código Penal. El abogado defensor de Quim Forn, Javier Melero, es quien mejor ha resumido ambas cosas. Ningún plumilla podrá igualarlo en claridad expositiva.

La plantilla de las acusaciones ha sido la de dibujar una Catalunya copiada de la del País Vasco de los años de plomo del terrorismo, corregida y aumentada. Y es ahí donde sí puede afirmarse que la democracia española ha demostrado no estar a la altura. Porque ni ha sido posible hablar de todo en ausencia de violencia, como tantas veces se había dicho cuando ETA era una realidad, ni puede tratarse a los acusados -desde el punto de vista de las penas que se solicitan y de los delitos que se les imputan- como si fuesen terroristas con las manos manchadas de sangre. Puede que haya una excusa jurídica para hacerlo, pero esa coartada no supera el filtro del sentido común, menos aún después de lo que se ha visto en estos cuatro meses de juicio televisado.

El relato de la violencia

Fue a la vuelta del verano del 2017 que empezó a construirse el relato de la supuesta violencia. Empezó con informaciones que describían Catalunya como un escenario de 'kale borroka'. Todo lo demás fue añadiéndose a medida que los acontecimientos políticos adquirían mayor gravedad. Finalmente se hizo encajar todo hasta asentar la tesis de rebelión y sedición que pasó, como la corriente entre materiales conductores, de las tertulias y las columnas de opinión a los atestados policiales, la fiscalía, al juez instructor y al Supremo.

La sentencia debería ser una oportunidad para devolvernos al terreno de la realidad de lo que sí pasó que, siendo grave, no encaja con lo que ha sido juzgado. Hay quien creerá que esta es una afirmación de parte que nada tiene que ver con la justicia, del mismo modo que otros pensarán que es de un infantilismo tenaz porque la sentencia está escrita desde hace ya mucho. Los primeros tienen sin duda razón puesto que en estas líneas no hay nada más que mi verdad. Puede que incluso también la tengan los segundos. Aun así, mientras la última palabra aún esté en el limbo, vale la pena agarrarse al deseo, también expresado por los acusados, de que el visto para sentencia acabe siendo una oportunidad de devolvernos a una compleja realidad que exige menos togas y más responsabilidad política en todos los frentes.