13 ago 2020

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LA CLAVE

Pablo Iglesias y Pablo Echenique, durante la reunión interna de Unidas Podemos, este sábado.

EFE / CHEMA MOYA

Podemos y las expectativas

Joan Cañete Bayle

Doblar la apuesta y fiarlo todo a una nueva expectativa (entrar en el Gobierno sí o sí) desde una posición de debilidad no parece la mejor de las ideas

Ocho años transcurrieron entre el 15 de mayo del 2011, cuando el movimiento de los indignados tomó las plazas para denunciar que la crisis económica —la Gran Depresión— era una estafa enraizada en el modelo político (y económico y social) nacido en la Transición, y el 26 de mayo del 2019, cuando el espacio político surgido tras aquella movilización ha cosechado un pésimo resultado en las elecciones municipales, poco después de otro mal resultado en las legislativas camuflado por el hecho de que las expectativas (ay, las expectativas) eran mucho peores.

Las expectativas han acabado siendo la cruz de lo que hemos convencido en llamar, para resumir, el universo de Podemos y sus confluencias o el espacio del cambio.  La expectativa de que un espacio a la izquierda del PSOE podía esquivar el destino de Izquierda Unida y aspirar a superar a los socialistas y gobernar; la de que era posible un tipo de política diferente en el fondo y la forma, lo que se llamó nueva política, con una mezcla de superioridad moral, ignorancia e inocencia; la de que se podía asaltar los cielos, hacer política en poesía, cocinar magdalenas y no cortarse la coleta pese a la respuesta (previsible) de aquellos que tanto hicieron para causar la crisis y, después, se beneficiaron de sus consecuencias y de su engañosa recuperación.

Acoso por tierra, mar y aire

Es verdad que desde aquellas elecciones europeas del 2014 en las que irrumpió, Podemos ha sufrido un continuo acoso por tierra, mar y aire. Pero también ha cometido errores: una organización de arriba hacia abajo; hiperliderazgo para disimular las débiles estructuras; frágil implantación territorial más allá del carisma de líderes en ocasiones no vinculados al partido; una pulsión destructiva a lo Monty Python que no debe confundirse con la sana pluralidad ideológica: un discurso que es percibido como gruñón, antipático, reactivo, enfadado.

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Es muy difícil mantener un proyecto basado en altas expectativas cuando estas no se cumplen: cuando el sorpasso al PSOE se aleja; cuando la suma con IU resta; cuando el líder se compra un chalet en la sierra; cuando las diferencias políticas se convierten en algo personal… Cuando el cielo se cae encima en pleno asalto, doblar la apuesta y fiarlo todo a una nueva gran expectativa (entrar en el Gobierno sí o sí) desde una posición de debilidad no parece la mejor de las ideas. ¿Qué puede salir mal?