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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el pasado 7 de mayo en la Moncloa. 

DAVID CASTRO

El juego de las sillas

Antón Losada

Pasada la intensidad del ciclo electoral que ha tenido a la política española a la carrera desde 2015, la imprevisibilidad y el vértigo que marcan ahora las negociaciones para los pactos de gobierno recuerdan mucho al infantil juego de las sillas; ése donde se corre en circulo hasta que, aleatoriamente, alguien para la música y todos se apresuran a sentarse porque faltan sillas y quien se queda de pie, pierde. Lejos de pararse a tomar unas cuantas decisiones aprovechando que no hay comicios a la vista, los políticos españoles prefieren seguir corriendo hasta que detengan la música. En cualquier momento alguien la cortará y el más torpe se encontrará sin silla.
Los socialistas parecen convencidos de que se puede ganar las elecciones con un discurso y gobernar con otro. Mientras Pedro Sánchez empieza a dar síntomas de padecer ya el síndrome de la Moncloa, el PSOE reclama a la derecha, la misma que había que parar como fuera, que le permita gobernar y le dice a sus votantes, movilizados para parar a esa derecha, que eso es en realidad lo que quieren, aunque no lo supieran cuando acudieron a votar.
O gobierna el PSOE o gobierna el PSOE, sentencia el presidente y tiene razón. Pero no es eso lo que se discute, sino con quién parecía que iba a gobernar y con quién va a hacerlo. Tratar a Ciudadanos como un partido de centro mientras compite por liderar la derecha parece de una candidez admirable, además de un favor que los naranjas deberían agradecer a los socialistas. Esperar que los nacionalistas les apoyen para gobernar, jugando con las reglas que marca la derecha y pidiendo perdón por ser nacionalistas, se antoja excesivo, además de imposible.
En Podemos empiezan a recordar peligrosamente el argumento de 'La Muerte de Stalin', la magnifica película de Armando Iannucci. Muerto el líder, la gran preocupación de cuantos le rodeaban residía en averiguar si Stalin sabía que estaba muerto y quién se lo decía. Pablo Iglesias y su entorno han iniciado una fuga hacia delante que solo puede terminar bien entrando en el gobierno. Todos los demás resultados no le sirven y pueden hacer preferible jugárselo a todo o nada en una repetición electoral. La posibilidad de que los diputados de Unidas Podemos acaben votando separados en la investidura parece ya algo más que una especulación.
En la derecha la pelea se ha reducido a duelo. Mientras Vox lucha desesperadamente por no caminar hacia la irrelevancia y anuncia su disposición a hacerse el 'harakiri' dejando gobernar a la izquierda sino le dan algo, lo que sea, Albert Rivera y Pablo Casado compiten por cada centímetro de poder institucional. El líder popular necesita mantener como sea Madrid, para quitarse de encima la presión de los suyos mientras Alberto Núñez Feijóo planea su cuarta mayoría absoluta en Galicia y su segundo asalto a Madrid. Al líder naranja le basta con arrancarle la alcaldía de la capital para convertirse en el vencedor moral. Lástima que haya que mezclarse con Vox para conseguirla.