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La propuesta de Colau

Ada Colau escucha a Ernest Maragall durante un debate sobre vivienda.

Jordi Cotrina

Adiós equidistancia, hola transversalidad

Jordi Mercader

Ada Colau ha sido criticada durante mucho tiempo por su condición de equidistante de dos frentes irreconciliables. La equidistancia entre dos malas ideas, la unilateralidad y el inmovilismo, tenía su fundamento; nadie debería sentirse obligado a alinearse con ningún movimiento cuya estrategia consista en correr alocadamente hacia el abismo ni con ningún estado cuyo único argumento es el mandamiento divino de la unidad. El desastre ya se consumó, ahora sufrimos la cascada de consecuencias. La más traumática, la de los presos; la más trascendente, la división de la política catalana en dos bloques que irradian a la sociedad una intolerancia contagiosa.

La situación podría ser incluso más comprometedora que en el otoño-invierno del 2017; entonces, la aceleración experimentada por unos y otros podía explicar los errores y también la vehemencia con que todo fue vivido. Casi dos años después, con cambio de gobierno, juicio e intento frustrado de diálogo de por medio, la amenaza es la de apalancar la excepcionalidad a base de vetos políticos que impidan la gobernación de las instituciones. Ahora no se trata de evitar el choque que ya se produjo sino de evitar la tendencia a consolidar sus efectos, en la que algunos se sienten muy cómodos.

La equidistancia puede haber quedado obsoleta, la observación y denuncia de las consecuencias de la colisión tuvieron escasos seguidores y un éxito perfectamente descriptible por la magnitud del fracaso de los dos bandos. La “palpitación del tiempo”, que escribió Eugeni d’Ors y cita el presidente Quim Torra, debería empujarnos a recuperar el ejercicio de la transversalidad política en cuantos gobiernos sea posible y no a glorificar el bloqueo, como interpreta el 'president' de la Generalitat cuando pide alcaldes y alcaldesas independentistas por si tiene que convocarlas en el Palau para enfrentarlos al Estado.

La propuesta de Colau para gobernar Barcelona encaja en este cambio de equidistancia por transversalidad, además de coincidir con la voluntad mayoritaria de los votantes barceloneses por un gobierno de izquierdas. El tripartito del independentismo, el soberanismo y el catalanismo político no parece tener futuro porque ni ERC ni el PSC están dispuestos a olvidar agravios recientes y antiguos. Republicanos y socialistas tal vez necesiten algo más de tiempo para decidirse a practicar lo que unos han descrito como coser la sociedad (Roger Torrent) y los otros impulsar la reconciliación (Miquel Iceta).

El compromiso de Colau por la transversalidad tiene poco margen de maniobra, dado que Ernest Maragall pretende ser alcalde para alistar Barcelona al servicio del independentismo, eso ha dicho. Así pues, solo parece quedar abierta la vía de una transversalidad imperfecta propiciada por un acuerdo de gobierno con los socialistas, reteniendo la alcaldía con unos votos prestados por Manuel Valls el día de la investidura. Una decisión pragmática al amparo de la doctrina del mal menor, de la que oiremos hablar mucho en las próximas semanas.