23 feb 2020

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La muerte de un futbolista

Vehículo en el que viajaba Antonio Reyes.

RAFA ALCAIDE / EFE

La vida se estrella a 200 km/h

Sílvia Cóppulo

A medida que conocemos los detalles del accidente de José Antonio Reyes, sentimientos ambivalentes se apoderan de nosotros

La velocidad y la juventud se dieron su último abrazo. Mortal. Sentimos una profunda tristeza por la muerte del futbolista José Antonio Reyes. Su primo, Jonathan Reyes, también ha muerto, y otro familiar, Juan Manuel Calderón, está malherido, aunque consiguió, entre llamas, salir por su propio pie del coche. Ocurrió el sábado pasado. José Antonio Reyes venía de entrenar en Almendralejo, Extremadura. Ya le han enterrado en su Utrera natal. Pasan las horas, conocemos los detalles y la ambivalencia se apodera de nosotros.

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Dicen que el jugador conducía a más de 200 kilómetros por hora, se reventó una rueda del Mercedes Brabus S550 de 380 CV y José Antonio perdió el control. El coche salió de la vía, chocó contra unos bloques, volcó y acabó incendiándose. Él ha sido la primera víctima, pero ha arrastrado a otros y generado dolor a muchos más. La carta de su esposa en el sepelio, desgarradora. Deja huérfanas a dos criaturas de corta edad. No queremos pensar en Reyes como en alguien culpable, reposa ya en la tumba. No hay que hablar mal de los muertos. Pero debemos referirnos a la imprudencia y a la responsabilidad. Sentimientos encontrados.

Al final, el accidente fue eso, accidental, involuntario. ¿Quién no ha conducido sorteando radares, a más velocidad de la permitida? Claro que si fue a 237 km por hora... El neumático, que debería estar bajo, eso es. Ya tenemos al culpable, la rueda. Pero nuevos informes se refieren a un error humano y evitan concretar la velocidad, admitiendo que era alta. Tristeza. Vergüenza. Aseguradoras. Indemnización. Letra pequeña. Exceso de velocidad. ¿Pagarán?

Propongo un ejercicio: si se confirman todos los datos del accidente, podríamos pensar en la muerte de Reyes como en un hecho ejemplar. No la buscó conscientemente, pero fue el último responsable. Eso no lo convierte en una mala persona, sino en alguien llevado por la percepción de inmortalidad que arrastra a la juventud y por la potencia loca y permitida de los coches de alta gama. Si se les pone a prueba a todo gas en la carretera, cobran vidas.