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Series de televisión

Finales odiados

MONRA

Finales odiados

Rosa Ribas

Cuando las series se doblegan a los deseos de los seguidores no sorprenden, no emocionan, no perturban, no alegran, no indignan, no entusiasman. Dejan indiferente

Ahora que acaban de terminar varias series televisivas muy populares los medios y las redes están colmados de comentarios acerca de sus finales. Predomina la decepción. Suele ser así. Poquísimas series logran que sus seguidores queden contentos de sus cierres. O bien se manifiesta una gran desilusión o, peor, un encogimiento de hombros. “Pues vaya. Toda esta construcción para eso. Me esperaba otra cosa”.

¿Quiénes son los responsables de estas sensaciones? ¿Quiénes van a ser? Pues los personajes. Sus decisiones y actuaciones. Sus muertes o supervivencias. El modo en que seguirán sus vidas cuando ya no los veamos.

Las series de ficción, sean televisivas o literarias, están expuestas a una situación paradójica: el público hace suyos los personajes y puede llegar a arrebatárselos a sus autores si estos no saben poner una barrera protectora. Lo hemos visto en casos en los que los guionistas, animados por su popularidad, han colocado en primer plano a personajes que eran secundarios perfectos pero que como protagonistas resultaban más bien cargantes. Lo apreciamos también cuando un autor acentúa algunos rasgos porque hacen gracia a los lectores y la personalidad acaba convirtiéndose en una colección de tics.

Personajes vistos como amigos

La tentación de seguir las 'sugerencias' del público es poderosa, porque pocas cosas hay comparables a la satisfacción que se siente cuando un lector te habla de tus personajes como si fueran seres vivos, y conversas sobre ellos como lo harías si se tratase de conocidos o amigos comunes, de los que, igual que sucede tan a menudo con amigos comunes, una vez se ha hablado de sus virtudes, pronto se pasará a enumerar todo lo que podrían hacer y cambiar para que les fuera mejor. En los encuentros con lectores, no es raro que te apunten cómo les gustaría que siguiera la vida de los personajes en la siguiente entrega de una serie; si alguno debería cambiar de profesión, casarse o divorciarse, dejar de beber, empezar una historia de amor con otro, por fin enfrentarse a sus miedos, cargarse a su enemigo...

Lo pueden hacer y es su derecho porque los personajes son también suyos. Pero eso es una verdad a medias. Los personajes son de los lectores solo cuando se los encuentran en los libros. En la escritura les pertenecen a los autores.

Las series literarias, sobre todo si  son largas, son un pulso constante entre dos creadores: el escritor y el lector. Ambos son cómplices, pero también rivales. Cuantos más episodios o volúmenes escribe el autor, más suyos hacen los lectores a los personajes. Los lectores los conocen desde el principio, han seguido sus pasos, sus tropiezos, sus triunfos y fracasos.  Han creado vínculos con ellos, un sentimiento de familiaridad, de posesión. Y cuanto más suyos los sienten, más expectativas tienen sobre cómo deberían desarrollarse, comportarse, incluso acabar. De modo que avanzas en la serie y sabes que, por lo que respecta a sus lectores más fieles, vas irremisiblemente camino a la perdición. Si matas a un personaje, porque lo has matado. Si no lo matas, porque no lo has matado. Si lo haces feliz o infeliz, siempre habrá quien habría deseado lo contrario o fuera de otra manera. Nunca estarás a la altura de las expectativas. Razón de más para no dejar que sean estas lo que te dicten por dónde debes moverte. Lo mejor es matarlos, si querías que murieran, si tenían que morir. O dejarlos vivir como querías que lo hicieran.

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Escribir una serie no debe derivar nunca en un “elige tu propia aventura”. Si a un lector le gustan las novelas de un autor es por cómo las escribe, cómo desarrolla las tramas y, sobre todo, cómo son sus personajes, qué les hace hacer, qué les hace decir.  Los personajes solo son esclavos (“galeotes”, decía Nabokov) de su autor, que tiene que vivir con el riesgo de no corresponder a lo que deseaban los lectores. Eso es, en el fondo, lo mejor que puede pasar. Si las tramas y los personajes hacen lo que los lectores quieren de ellos, tras ese momento inicial de posible satisfacción por los deseos cumplidas, llegan inexorablemente el aburrimiento y el desprecio. Cuando las series se doblegan a los deseos de los lectores no sorprenden, no emocionan, no perturban, no alegran, no indignan, no entusiasman. Dejan indiferente. Con la creación sirve, tiene que servir, lo mismo que con el amor: lo peor es la indiferencia. Como dice la canción: “Odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido”.

Termina una serie. El público odia el final porque la ha querido mucho.