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Contra los profesionales del odio

Cerrar heridas

LEONARD BEARD

Cerrar heridas

Mar Calpena

El 'procés' es una cicatriz que no se cerrará cauterizándola, como propuso Borrell, ni tampoco reabriéndola y mostrándola a todas horas, como hacen Torra y Puigdemont

Una herida mal cicatrizada puede crear muchos problemas. Con el fin del juicio a los presos independentistas parece claro que concluirá la etapa comenzada en el otoño de 2017, que no necesariamente el 'procés', y como sociedad no estaría mal que apovecháramos para hacer balance de los errores cometidos, sobre todo cuando el espejo del exterior ya nos ha mostrado los defectos que menos queremos ver. La semana pasada, el TEDH sentenció que la suspensión del pleno del 3 de octubre era ya no solo ajustada a derecho sino “necesaria en un estado democrático”, mientras que el Grupo de trabajo sobre detenciones arbitrarias de la ONU emitió una opinión que, si bien puede cuestionarse tanto en su razonamiento técnico como incluso en su imparcialidad (de prosperar la queja diplomática que ha formulado el Gobierno español), refleja el sentir de una buena parte de la población, que además abarca mucho más que a los propios independentistas, y que engloba a quienes piensan que la desproporción y la arbitrariedad de mantener a los presos en prisión preventiva son, como mínimo, crueles.

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Toque de atención

Debieran suponer ambas un toque de atención a los que se empeñan tanto en negar el miedo y el dolor a quienes temían las consecuencias de una secesión sin mayorías (aun dando por buenas las cifras del escrutinio del Govern, un 57% de los catalanes se abstuvo ese día) como a quienes justifican por la razón de Estado la violencia y el 'a por ellos' judicial. Porque entre ambos extremos hay un enorme número de personas que no comulgan ni con lo uno, ni con lo otro. A estas personas no solo no se les ha pedido perdón, sino que a menudo se las ha calificado de tontos útiles de uno u otro bando, o de tibios ante la intolerancia (sea esta de signo independentista o todo lo opuesto).

No se trata de equidistancia, sino de mantenerse crítico ante quienes agitan sentimientos y no razones. Por todo ello debe producirse una asunción de responsabilidades. Y si queremos una reconciliación como sociedad, el primer paso es abandonar la crispación y el victimismo. Estaría bien dejar de comportarnos como la mimada y cortoplacista sociedad occidental que somos y recordar que, pese a la gravedad de lo ocurrido, aquí no hubo muertos, aunque algunos contaran interesadamente con que ello pudiera darse.

Profesionales de la crispación

Deberíamos también, quizá, comenzar a desenmascarar a los profesionales de la agitación y el odio, algunos de los cuales han hecho de esa labor su 'modus vivendi' desde sus tribunas mediáticas o sus escaños, y redirigir a ellos nuestras iras, en lugar de ventilarlas contra quienes todo el tiempo han defendido el encuentro y la moderación. Porque esta es una cicatriz que no se cerrará cauterizándola, como propuso en su momento Borrell, ni tampoco tocándola, reabriéndola y mostrándola a todas horas, como hace el independentismo más ultramontano de Torra y Puigdemont. Se cerrará cuando con tiempo, cuidados y reparación a todas las partes, la finísima piel de la sociedad vuelva a crecer.