Ir a contenido

ANÁLISIS

Van Dijk exhibe la Copa de Europa en el Metropolitano.

GETTY / ANDREW POWELL

El inexplicable Balón de Oro

Sònia Gelmà

Quizás sea por la necesidad humana que tenemos de clasificaciones. Nos gusta objetivar los méritos de unos y otros. Nos encanta reflexionar sobre quién es más decisivo, quién más estético o quien más líder. Aunque jueguen en posiciones diferentes, con virtudes específicas. Aunque uno pare, otro defienda, uno genere, y al final otro marque. Nos da igual, los metemos a todos en el mismo saco y nos obligamos a decidir cuál es el mejor en un deporte que se juega en equipo.

Ahora le ha tocado a Van Dijk y su candidatura es comprensible, pero el criterio de este premio es cuanto menos errático

Y ya estamos ahí otra vez. Era previsible. Sabíamos que el debate sobre el Balón de Oro aparecería desde el momento en que el Barça cayó en Anfield. Porque lo único que elimina esta discusión cíclica es la presencia de Messi en la final de la Champions. De lo contrario, pese al consenso general sobre su dimensión, pese a que no hay dudas de que es el mejor, aparecen las propuestas alternativas.

Ahora le ha tocado a Van Dijk. Su candidatura es comprensible si atendemos a los precedentes, puesto que en la valoración se incluye la trayectoria del equipo. Aunque no siempre. El criterio de este premio es cuanto menos errático.

El martirio de cada año

Hay años en que una repesca ha sido decisiva y otros en que incluso se puede ganar un triplete, ser finalista del mundial, y no estar ni en el podio, como le pasó a Sneijder en el 2010. Solo por la tremenda confusión del criterio, ya debería estar desacreditado. Pero si ya el trofeo es antinatural en un deporte colectivo, añadan que se juzga un año natural cuando las temporadas se dividen como los cursos escolares.

Y aun así, qué tipo de locura nos invade para que empecemos a hablar de él allá por el mes de abril y lo recuperemos cíclicamente. Hasta que ya en diciembre, exhaustos, nos indignamos al saber el nombre del ganador. Y a su vez celebramos la resolución del premio, puesto que significa que se acaba la matraca. Hasta el año siguiente. O al menos así era hasta que la FIFA y France Football decidieron separar sus caminos. El The Best se suma ahora a nuestro martirio.