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La crisis de las instituciones

¿Es posible recuperar la confianza?

Alex R. Fischer

¿Es posible recuperar la confianza?

Cristina Manzano

Si las instituciones no garantizan prosperidad y seguridad, los ciudadanos se sienten atraídos por quienes ofrecen otras soluciones

“El miedo llamó a la puerta, salió la confianza y cuando abrió no había nadie”. Anónimo sufí.

El miedo y la desconfianza son las dos caras de un fenómeno que lleva más de una década marcando el ánimo de las sociedades occidentales. La segunda, aplicada a todas las instancias de la vida -la política, la económica, la social, la laboral-, ha generado una serie de temores cuyas consecuencias más visibles son el crecimiento de populismos de todo corte y la angustia con la que afrontamos un futuro siempre incierto.

Bien es sabido que la crisis, la corrupción, el terrorismo y la tecnología han ido royendo, hasta convertirla en un fino hilo, la cuerda que unía a la ciudadanía con todo tipo de instituciones, desde los gobiernos a los partidos políticos, desde las organizaciones de la sociedad civil a los medios de comunicación. ¿Estamos todavía a tiempo de restablecer esa confianza necesaria para cualquier proyecto colectivo?

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Algunos indicios permiten albergar ciertas esperanzas. Las últimas oleadas del Eurobarómetro, por ejemplo, muestran una leve y paulatina recuperación de la confianza de los ciudadanos europeos en la UE –que sigue estando por encima de la depositada en los gobiernos nacionales- si bien no se han vuelto a alcanzar, de momento, los niveles previos a 2010.

Por su parte, el informe sobre confianza global que realiza todos los años la consultora Edelman revela asimismo una leve recuperación, con algunos matices interesantes. La encuesta mide cuánto confía el público informado, por una parte, y la población general, por otra, en cuatro instituciones: oenegés, medios de comunicación, empresas y gobiernos.

Las 'notas' mejoran en todas las variables, aunque para la población general, gobiernos y medios de comunicación siguen sin alcanzar el aprobado. De hecho, la brecha entre 'la gente', que sigue mostrando su desconfianza, y 'la élite', que cada año se siente más segura, no deja de aumentar.

Visión pesimista del futuro

Los ciudadanos que más confían en sus instituciones están en Asia: China, Indonesia, India, los Emiratos Árabes y Singapur, lideran el ranking. Por el contrario, los que menos lo hacen están en Europa: Rusia, Francia, Alemania, Reino Unido y España, a los que se suma Japón. El caso de España es significativo, porque es, junto con Rusia, el país donde más ha crecido la desconfianza en el último año y en todas las instituciones analizadas. Estados Unidos está en una posición neutral, hacia la mitad de la tabla; allí la brecha principal se da entre demócratas -más confiados- y republicanos -menos-.

El estudio revela asimismo que las poblaciones de los países más desarrollados ven con pesimismo el futuro: la gran mayoría cree que ellos y sus familias no estarán mejor en cinco años. Y aquí parece estar la clave. Según otra encuesta, esta del Pew Research Center, cuando la gente no está conforme con su situación económica, aumenta la insatisfacción con la democracia y con sus instituciones. Es la economía, estúpido, el principal germen de la desconfianza. Son los resultados: si las instituciones no cumplen su parte del contrato social -ofrecer prosperidad y seguridad-, los ciudadanos se sienten atraídos por quienes ofrecen otras soluciones, aunque sean mentiras o imposibles.

Resiliencia y madurez

La recuperación económica de estos últimos años ha propiciado una tímida recuperación de la confianza. Solo tímida. No hay que olvidar que los cambios en el estado de ánimo de las sociedades son lentos y siempre arrastran cierta inercia. No hay que olvidar tampoco que la confianza, como la reputación, cuesta mucho ganarla, pero muy poco perderla. De momento no se han cumplido las previsiones que otorgaban hasta un 30 por ciento de escaños a partidos populistas, que basan parte de su discurso en alimentar la desconfianza y el miedo. Aun así, los nubarrones que se ciernen sobre la economía, tanto europea como global, suponen un serio riesgo para recomponer ese hilo que une a las ciudadanías con sus instituciones.

Habría que confiar -valga la insistencia- en que las enseñanzas de la crisis reciente permitirán la resiliencia madurez necesarias para abordar un nuevo parón económico. Pero no es tan fácil. Es, en cualquier caso, una cuestión que afecta sobre todo a las sociedades occidentales… y democráticas. Asia sigue mirando al futuro con seguridad y optimismo.