14 jul 2020

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Análisis

El candidato de Podemos, Pablo Iglesias, cabizbajo durante el mitin celebrado en Valencia.

MIGUEL LORENZO

¿La venda ya cayó?

José Luis Sastre

Una vez que las urnas han establecido el nuevo orden político para el largo ciclo que empieza, los partidos se han puesto con los juegos de imaginación y venganza

Ocurre a veces que cuanto más se aclaran las cosas más cuesta verlas y uno precisa de una gran lucidez para observarlas. Lucidez y valentía. Una vez que las urnas han establecido el nuevo orden político para el largo ciclo que empieza, los partidos se han puesto con los juegos de imaginación y venganza. No hay caso que lo explique mejor que Madrid, donde Pablo Iglesias tuvo la vergüenza de largarse tras la derrota -“a consultar con la almohada”, dice, se supone que en broma- mientras su asesor Juan Carlos Monedero se empleaba con el cuchillo de las bajas pasiones contra Íñigo Errejón. El cainismo de la izquierda, que lleva cualquier controversia al odio irracional, no tiene remedio: caen en todas las comunidades, se quedan incluso fuera en un par de ellas, y la culpa es de Errejón.

Todos sabían del coste de esta fractura, desde Errejón y Carmena a Iglesias -con su apuesta por un candidato, Sánchez Mato, que no consiguió ni escaño-, pero fiaban el futuro a una carambola como el matrimonio que, en lo peor de su crisis, se anima a tener un hijo por si arregla sus problemas. Lucidez y valentía: Podemos ha dilapidado en un tiempo récord un capital récord, que nadie más acumuló con tanta prisa. ¿Qué poder conserva? Pablo Iglesias fundó el PSOE y Pablo Iglesias lo destruirá, oían decir en Podemos entre chanzas complacientes hace un par de años. Ahora puede invertirse el adagio: Iglesias fundó Podemos y quién sabe si lo destruirá. Desde luego, habrá de reformularlo; lo que le exige, antes, la capacidad autocrítica de entender el mensaje de las urnas. “Todos tenemos que hacer autocrítica”, repetía ayer para repartir responsabilidades. Que por supuesto las tienen, tanto en Más Madrid, que descuidó la periferia de la capital, como en el PSOE, donde Pedro Sánchez imaginó que podría aupar a Pepu Hernández con un par de paseos y un toque de su varita mágica. A pesar de todo, el primer pensamiento de cada candidatura se ha dedicado a lo mal que lo han hecho en la candidatura de enfrente.

Lucidez y valentía: el endurecimiento del discurso de Albert Rivera y su aproximación a la extrema derecha -incomprensible en Europa- le ha llevado a sus mejores datos. Tiene para pensar que ha acertado con su estrategia. Y tiene para repensárselo: puso tan altas las expectativas en la crispación que se ha quedado sin 'sorpasso' y sin el centro. Cree que acabará con el PP y puede acabar como Iglesias.

Y luego está Pablo Casado, que ha encontrado el alivio en un resultado catastrófico. Así es la política, surrealista e irónica: él estuvo a punto de asesinar a Juanma Moreno hasta que una derrota le puso al frente de la Junta de Andalucía. Justo lo que le ha sucedido al líder del partido. Podría decirse, entonces, que al PP lo salvan sus expectativas de coalición con Vox, al que ya llamaban extrema derecha. Da igual: su derrota más crítica le permitirá sostenerse. El escrutinio, en fin, hizo que cayeran las vendas, lo que no significa que todos quieran ver. Algunos necesitan seguir enceguecidos porque, si ven, no viven.