01 oct 2020

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ANÁLISIS

Valverde, tras perder la final de la Copa del Rey en Sevilla.

JORDI COTRINA

El peligro de sobreactuar

Albert Guasch

La directiva de Bartomeu no puede quedarse quieta pero debe sopesar bien las medidas a adoptar

Decía Michael Robinson en una entrevista reciente (contextualicemos: antes de la masacre de Anfield) que la labor de Ernesto Valverde tenía mérito porque se había dedicado a ganar en un periodo de transición -sin Xavi, sin Iniesta, con Busquets de bajada- y que más que cambiar de ADN, al carecer de un centro del campo suntuoso, había hecho lo que había podido. 

En Valencia dio ciertamente la sensación de que Valverde hizo lo que pudo, al menos en términos de elección de jugadores. No se le puede denunciar por relegar caprichosamente a nadie. Conviene subrayarlo porque el entrenador se ha llevado más palos que una burra tozuda. No se trata de exculparlo: en Anfield, por ejemplo, tuvo una semana para prepararse el partido de vuelta y, pese a que el Liverpool pasó por encima de su equipo en la ida, el engañoso resultado pareció engañarle a él mismo.

Errores ha cometido. A menudo ha aburrido.  Se le ha señalado de sobras. Pero pese al dispendio de millones, no ha tenido tanto donde elegir. Nos hemos entretenido en valorar la identidad que proyectaba en base al dilema entre Arthur Arturo. No era menor, aunque el desfondamiento paulatino del brasileño han aclarado al técnico en los momentos de decisión. Pero la realidad es que las mega inversiones no se han apreciado como se suponía. 

Aun así, con lo que ha tenido el Barça ha conseguido avasallar en casa y competir al máximo nivel hasta semifinales en la Champions. Con Messi y sus infinitos prodigios parecía bastar. Hasta que la música melódica se ha vuelto un ruido chirriante. Abruptamente. Sin que nadie lo viera venir. Y todos, de repente, han parecido peores. En todos los estamentos del club. Los jugadores, el técnico, la dirección deportiva, el propio presidente... Fin a la placidez. 

¿Y ahora qué? Nos lo preguntábamos después de lo de Anfield. Pero la duda es ahora más pertinente que antes. Bartomeu anunció tras la derrota en la Copa que pasarían cosas y a la vez disculpó al entrenador. Se entiende que Valverde está a salvo. Ha empeñado su palabra en ello. 

Vendrán nuevos jugadores, es evidente. Se ampliará la competencia en todas las líneas, quizá en ninguna zona con más necesidad que en ataque, para que Messi no se sienta solo, y por supuesto se intentará traspasar a futbolistas que han decepcionado. ¿Serán esas todas las novedades avanzadas por el presidente azulgrana? 

El máximo dirigente, que a veces parece ofrecer un porte tímido, no ha dudado a lo largo de su mandato en abatir como un pistolero inmisericorde a aquellos que le parecían que no cumplían con las expectativas. Andoni Zubizarreta o Robert Fernández podrían dar fe de ello. Así que resulta pertinente preguntarse si está seguro Pep Segura, el director deportivo tan cuestionado por determinadas esferas del entorno. 

Bartomeu debe sentir la presión de tomar decisiones. Los dos batacazos consecutivos le impedirán quedarse quieto y moverse tan solo para abrir la chequera, si esa era su tentación. No obstante, la sobreactuación, entendida como una operación de radicalidad, no parece pertinente. El equipo necesita ajustes. Tan solo se trata de averiguar quién está capacitado para hacerlos.