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Análisis

Los dos capitanes, Messi y Parejo, en una acción de la final. 

PAU BARRENA

Una temporada de 10

Rafael Tapounet

El brillantísimo curso del mejor jugador del mundo le ha servido al Barça para ganar la Liga con los mismos puntos que el año del denostado 'Tata' Martino. Y poco más

El balance del curso 2018-19 del FC Barcelona se escribe rápido: el tío que mejor ha jugado nunca a este deporte ha realizado una de las temporadas más completas de su carrera, y eso le ha servido a su equipo para ganar la Liga obteniendo los mismos puntos que en la temporada del denostado 'Tata' Martino (87, con 10 goles menos a favor y tres más en contra que entonces) y para dejar apenas tres o cuatro partidos que realmente valga la pena recordar por el fútbol desplegado. Y muy poco más.

“Hay un hombre en España que lo hace todo”, cantaba el dúo Astrud a principios del milenio (“es el que escribe las canciones de la radio / es el que te sirve las copas y el que te vende el diario”). Leo Messi es hoy el hombre que lo hace todo en el Barça: el que organiza el juego de ataque, el que reparte las asistencias, el que marca los goles y hasta el que sale a hablar ante la prensa cuando la directiva considera que alguien debe dar la cara por el entrenador. Messi es el principio y el fin, el alfa y el omega, el yin y el yang, el Señor de la Luz, el ente cósmico que da sentido a todo lo que ocurre en el Camp Nou. Fuera del 10 no hay nada.

Cuando en el Benito Villamarín la hinchada valencianista coreaba "Valencia, Valencia", el sector azulgrana de la grada respondía gritando "Messi, Messi"

Tanto es así, que la afición barcelonista ha empezado a confundir a la entidad con el jugador. Cuando en el Benito Villamarín la hinchada valencianista coreaba “Valencia, Valencia”, el sector azulgrana de la grada respondía gritando “Messi, Messi”. ¿Y las camisetas? Atrás han quedado aquellos días en que uno se acercaba al estadio del Barça o asistía a una final jugada por el equipo y, junto a las elásticas con el nombre del rosarino, veía también los dorsales de Xavi, de Iniesta, de Puyol y hasta de David Villa. Futbolistas con los que era fácil (y gratificante) identificarse. Hoy esa diversidad ha quedado arrasada. Sería interesante averiguar cuántas camisetas de Coutinho, de Rakitic, de Arturo Vidal, de Sergi Roberto o de Jordi Alba se han vendido en el último año en las tiendas oficiales del club.

Messi es el futbolista mejor pagado del mundo. Y aun así su sueldo casi parece insuficiente para compensar la labor de un profesional que con su talento y dedicación debe compensar las inexplicables decisiones de la dirección deportiva (¿quién y por qué consideró buena idea costearle a Kevin-Prince Boateng cinco meses de vacaciones en Barcelona?); la irrelevancia de un entrenador que, en aras de la concordia, premia sistemáticamente los galones y se muestra inflexible con los más débiles, y, sobre todo, el escaqueo de unos compañeros que, despojados de toda responsabilidad (“ya lo resolverá Leo”) solo parecen esperar una nueva genialidad del 10 para subir al despacho del presidente a exigirle una mejora de contrato (inexplicablemente, suelen tener éxito).

En los días previos a la final de la Copa del Rey, Josep Maria Bartomeu defendió enfáticamente la continuidad de Ernesto Valverde apelando a su capacidad de “gestión”. Si el FC Barcelona necesita un gestor o un técnico con ideas propias es un asunto que queda para otro debate. Pero tal vez el presidente debería considerar que el bien más preciado que hay que gestionar hoy en el equipo es la presencia del mejor jugador del mundo. Si ese tesoro incalculable se acaba convirtiendo en un problema, será que alguien no está haciendo bien su trabajo. Y aquí lo único seguro es que ese alguien no se llama Lionel Messi Cuccittini.