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ANÁLISIS

Los candidatos a la alcaldía de Barcelona, en el espigón del Bogatell.

JULIO CARBÓ

La causa de Barcelona es Barcelona

Jordi Mercader

La ciudad no necesita de otra causa que la suya propia, manifiestamente compleja y comprometida si se quiere ambiciosa

Las incógnitas del primer día en Barcelona seguían intactas al cierre de la campaña municipal. Tal vez, más enredadas. Por si las relaciones internas de la política barcelonesa no fueran suficientemente complicadas, llegó primero Quim Torra con su absurdo debate sobre buenas y malas capitales catalanas y luego la polémica suspensión de los diputados independentistas procesados. La alcaldía de Barcelona se decidirá por unos pocos votos y el consistorio quedará formado por muchos grupos de pocos concejales si finalmente las candidaturas del 5% (CUP, PP y BeC-Primàries) consiguen entrar. Eso auguran los sondeos. También dicen que Ada Colau tiene tantas posibilidades como Ernest Maragall pero que ambos pueden quedar tan lejos de la mayoría que el gobierno en solitario no sería aconsejable de aspirar a una mínima estabilidad. 

Hace unos meses, cuando ERC cambió de candidato, las lecturas coincidían en valorar la iniciativa como una apuesta por la mayoría de izquierdas en Barcelona y tal vez también en un futuro gobierno catalán adscrito a la moderación nacional. La campaña ha permitido comprobar que las cosas han cambiado. Como mínimo los estado de ánimo. Le ha sucedido a Maragall, pero también a Manuel Valls. Desde el pasado otoño, cuando ambos se decidieron por la aventura, el contexto y las perspectivas han variado substancialmente, tanto que inluso les justificarán el fracaso, llegado el caso.

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 JxCat ha sometido a Maragall a tal pressing que le han forzado a renunciar a su pasado, incluso a los éxitos de su experiencia en tripartitos municipales, acabando por admitir la hipótesis de la repetición en Barcelona de un gobierno idéntico al de la Generalitat, con todo lo que representa el ejecutivo de Torra en términos de parálisis. Colau se ha quedado sola en la reivindicación del gobierno de izquierdas porque los republicanos tienen miedo a ser expulsados del gobierno de la Generalitat, como Elsa Artadi les avanzó; porque el rechazo mutuo entre ERC y el PSC lo hace inviable y porque los socialistas han evitado este debate para no aceptar que la única vía que tienen de gobernar Barcelona es con Colau de alcaldesa, salvo error espectacular de las encuestas.   

No sabemos quién ganará ni en qué condiciones lo hará. Lo único que se puede aventurar es que en este escenario de igualdad de fuerzas y profunda pluralidad el dilema girará en torno al ejercicio de la transversalidad en función del buen gobierno de la ciudad o en la práctica del bloqueo a uno y otro lado de la línea roja de la independencia y las consecuencias judiciales del ‘procés’. Barcelona no necesita de otra causa que la suya propia, manifiestamente compleja y comprometida si se quiere ambiciosa. Sin embargo, las delicadas circunstancias de la política española pueden empujarla al remolino de las discrepancias de oportunidad entre PSOE y Podemos mientras que los candidatos de ERC y JxCat la contemplan como un simple apéndice del gobierno soberanista de Catalunya. Este es el desafío.