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ANÁLISIS

Messi, en la rueda de prensa previa a la final de Copa.

JORDI COTRINA

La intensidad del deseo

Axel Torres

Dice un amigo mío, que ha sido jugador y ahora es miembro de un cuerpo técnico, que para ganar un partido de fútbol lo primero que necesitas es creer que puedes ganarlo. Yo diría que hay algo que viene incluso antes: querer ganarlo. Pero querer ganarlo de verdad.

Que tu deseo sea intenso y profundo, que te empuje hacia el máximo de tu potencialidad y más allá, que desafíe la lógica de las teóricas superioridades e inferioridades. Que siga convirtiendo a este juego en algo dificilísimo de pronosticar, ajeno, a veces, a las mediciones y a la ciencia. Que trascienda a la mera obligación profesional de salir a competir con la mayor de las dignidades.

El ejemplo del Espanyol de Rubi

 
El Espanyol logró la séptima plaza, entre otras cosas, porque parecía ser el equipo al que le hacía más ilusión. En un tiempo en el que casi todo se desprecia, en el que cualquier excusa vale para quitar prestigio a lo que siempre lo había tenido, presenciar una invasión de campo de una afición eufórica por haber conquistado una plaza en las rondas previas de la Europa League es una magnífica noticia.

Los de Rubi, que además han acertado con los delanteros que han fichado y cuentan con una base de la cantera que aporta talento y entusiasmo, cumplieron con los dos preceptos: querer ganar de verdad y creer que remontar la desventaja era posible. El deseo y la fe marcan diferencias cuando se miden fuerzas relativamente parejas.

Contrasta esta escasa motivación azulgrana con la ilusión de un Valencia que lleva demasiado tiempo sin levantar un título


Por todo ello, el Barcelona corre un serio peligro en la final de Sevilla ante el Valencia si no es capaz de remontar unos factores emocionales en los que parte con desventaja. Si ya en los últimos años la Copa se ha celebrado con una discreción llamativa, tras el desastre de Anfield asoma la terrible certeza de que ni este título corregiría la amargura con la que se recordará este final de temporada para el resto de los días.

Contrasta esta escasa motivación con la ilusión de un Valencia que lleva demasiado tiempo sin levantar un título y que encima se siente capaz de todo tras darle la vuelta a una situación complicadísima en La Liga. Los de Marcelino no sólo parecen desear más la Copa: es que además ahora creen que pueden mover montañas. Justo lo contrario que un Barcelona depresivo que transmite la sensación opuesta: la de querer que llegue el verano para desconectar, olvidar y limpiar la mente para volver a empezar en agosto sin una carga tan pesada. Cuidado.

Arsenal, más que el Chelsea


Del mismo modo, aunque quizá de forma menos exagerada, el Arsenal tiene más argumentos para necesitar imperiosamente la victoria en Bakú el próximo miércoles en la final de la Europa League frente al Chelsea. Porque no levanta un título internacional desde antes de que llegara Arsène Wenger al club, porque precisa de la victoria para clasificarse para la Champions que viene y porque la exclusión de Mkhitaryan le ha insuflado un sentimiento de rebeldía que ha convertido la final en una especie de causa por la que pelear y de este modo lograr honrar a su compañero y denunciar la injusticia a la que ha sido sometido.