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Dos miradas

El líder de Cs, Albert Rivera, se queja de la fórmula utilizada por los diputados independentistas para jurar o prometer el acatamiento a la Constitución.

DAVID CASTRO

Rivera desatado

Emma Riverola

En su encono, está haciendo que Ciudadanos pierda toda posibilidad de convertirse en un partido capaz de conciliar mayorías

Tanto anhela la corona de laurel de la oposición que anda atropellándose. Y tan pronto protagoniza una gesticulación impropia en el Congreso de los Diputados como lanza acusaciones demenciales a diestro y siniestro u organiza provocaciones irresponsables. Albert Rivera se ha convertido en una hipérbole de sí mismo, siempre presto a regalar títulos de golpista o de indecente a todo aquel que se mueva hacia el diálogo. Su particular modo de contribuir a la convivencia es montar un acto oportunista en el pueblo de Josu Ternera. Lo llama homenaje a las víctimas, pero solo es una ofrenda al cinismo más cruel. Todo por conseguir réditos políticos. ¿De veras cree que su actitud ayudará a calmar una tierra herida?

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Si el comportamiento de Rivera es impostado, se trata de una peligrosa irresponsabilidad. Si de veras obra según su conciencia, supura un exceso de rencor. Quizá aún no ha sabido asumir la caída de un cielo presidencial que creía rozar con la punta de los dedos. Pero la quiebra de sus expectativas no justifica tanta insensatez. Ha convertido a Ciudadanos en un artefacto no solo al servicio de la derecha, sino acercándose peligrosamente al populismo de la ultraderecha. En su encono, está trabajando para la recuperación del PP. Por poco que Casado (o quien sea) ahonde en un pragmatismo conservador pero no extremista, Ciudadanos habrá perdido toda posibilidad de convertirse en un partido capaz de conciliar mayorías.

Temas: Albert Rivera