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Las elecciones del 26-M

Josep Fèlix Ballesteros y Meritxell Batet, el pasado 13 de abril en Tarragona.

¿Tarragona quiere cambiar de alcalde?

Ricard Lahoz

Coser una ciudad tan fragmentada como Tarragona sigue siendo un reto después de 40 años de ayuntamiento democráticos

Hace un año, Tarragona se preparaba para los Juegos Mediterráneos, una cita que suponía una oportunidad para la ciudad en forma de promoción exterior y legado en equipamientos deportivos. Pero los Juegos, que eran el gran proyecto del alcalde Josep Fèlix Ballesteros (PSC), en el cargo desde 2007, apenas figuran hoy en la agenda de la campaña electoral. Ni los socialistas presumen de la gestión realizada de un evento que tuvo que retrasarse un año y dejó una imagen polémica en el acto inaugural. Los Juegos no lograron entusiasmar a la población y, un año después, el Palau d'Esports Catalunya -emblema del Anillo Mediterráneo- sigue cerrado.

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El 26 de mayo Tarragona decide si renueva el apoyo a Ballesteros después de tres mandatos o opta por un cambio. Los socialistas cuentan con nueve ediles frente a los cuatro de Esquerra Republicana y de Ciudadanos, que en 2015 entraron con fuerza en el consistorio. El candidato republicano, Pau Ricomà, aspira a ser la lista más votada por primera vez, aprovechando la ola ascendente de las elecciones generales, el carisma de Oriol Junqueras y el trabajo en la oposición. El líder naranja, Rubén Viñuales, también ve posibilidades de victoria en una ciudad no precisamente de mayoría independentista.

Entre estas tres formaciones se decide el liderazgo político futuro de Tarragona. Por detrás, el PP se la juega después del relevo del carismático Alejandro Fernández, ahora presidente del partido en Catalunya. Junts per Tarragona, la marca del espacio postconvergente, la CUP y los 'comuns' aspiran almenos a repetir los resultados de hace cuatro años (entre 1 y 3 escaños) y ser decisivos para configurar mayorías.

El alcalde se presenta por quinta vez consecutiva a las urnas afectado por la imputación en el caso Inipro -denunciado por la CUP- por presuntos delitos de malversación y prevaricación. En el balance de gestión destaca la inauguración del mercado, tras una década de obras y una inversión de casi 50 millones de euros, y la presentación de proyectos para dar uso a edificios emblemáticos cerrados como Tabacalera y Banco de España, pero que no cuentan ni con financiación asegurada ni consenso. Descartada la remodelación a fondo del frente marítimo con el soterramiento de las vías del tren, una de las obras emblemáticas recientes ha sido la pasarela que une la Rambla Nova con el mar, pagada por el Puerto.

Al margen de equipamientos e infraestructuras, la ciudadania percibe mayoritariamente un problema de suciedad en las calles y de falta de mantenimiento del espacio público. Todas las formaciones políticas coinciden en que hay mucho camino por recorrer en este ámbito y en el de la movilidad: no se han diseñado nuevos carriles bici y no se han mejorado las conexiones entre el centro de la ciudad y los barrios de la periferia con más autobuses y la contrucción de aceras que permitan un paseo cómodo y agradable. Y es que coser una ciudad tan fragmentada como Tarragona es el gran reto pendiente después de 40 años de ayuntamientos democráticos.