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Peccata minuta

Ensayo del acto institucional del Onze de Setembmre del 2012.

ARCHIVO / ALBERT BERTRAN

Mossos

Joan Ollé

Organicé los actos del Onze de Setembre seis años. El buen rollo se acabó aquel 2013, cuando Miquel Calzada, comisario político del acto, me preguntó qué pintaba allí la gitana Carmen Amaya

Tuve el honor que los 'presidents' Maragall, Montilla y Mas me ofreciesen la dirección del acto institucional de la Diada en seis ocasiones entre 2006 y 2013;  cada una de ellas se celebró bajo el fulgor de un sol hiriente y una 'xafogor', un bochorno, antipatriótica.

Fue Montserrat Tura, entonces consellera de Interior, quien me lo propuso: "Pasqual quiere que, por un dia, callen los políticos y hablen los artistas". ¿Cómo podía negarme? Y añadió: "Ya que no podemos celebrar un '14 juillet' en que el Ejército rinda honores a la bandera, lo hará el Cos de Gala dels  Mossos, ¿qué te parece?" Me pareció estupendo, sobre todo después de conocer a los estupendos policías y ahora estupendos amigos Josep Guillot y Xavi Carabassa, con quienes -asistidos por el imprescindible Iban Beltran- pasamos muchas horas intentando que los Mossos (por amor al arte) desfilaran dignamente (!muchos no habían hecho la mili!) hasta cuadrar al milímetro el recorrido que debían cubrir a los acordes de la música que les acompañaba. Fue delicioso reñir a la poli: «Nen!, no veus que estàs perdent el pas?»

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No considero una mancha en mi 'ridículum vitae' haber ejercido como guionista y 'metteur en scène' del régimen; una de las mayores satisfacciones la obtuve un 11-S en que Alicia Sánchez-Camacho, bestia negra del PP, me piropeó: «Gracias, Joan; en ningún momento del acto me he sentido insultada». El buen rollo se acabó aquel 2013, cuando Miquel Calzada (antes, Mikimoto), comisario político del acto, me preguntó qué pintaba allí la gitana Carmen Amaya, nacida en Begur y enterrada en Barcelona. No se salió con la suya; el president Mas le puso en su sitio y Karime Amaya bailó como Dios y fue unánimemente aplaudida .

El pasado martes, cerca del Institut del Teatre, me abordó más que amablemente un hombre en la cuarentena, de complexión más que fornida: «Hola, ¿te acuerdas de mí? Soy uno de los que trabajaron contigo en los Onze de Setembre. ¡Qué bien lo pasamos!» Su simpatía me llevó a preguntarle como veía la actual situación de los Mossos. Y, suponiéndome cómplice, se sinceró: «Es intolerable que estos hijos de puta nos castiguen por ser leales a nuestro Govern y estar al lado del Pueblo.»

Le pregunté si había muchos de su opinión en el cuerpo armado, y él, resignadamente, respondió: «No, lamentablemente somos cuatro y el cabo»  Y volví a reñir a la poli: «Te das cuenta, 'company' -los Mossos, como los abogados, entre ellos se llaman 'company'-, que esto que me acabas de contar habla muy mal de tu profesionalidad?» Y todo él, de piedra picada, heroizó: «Sí, però los míos están en la cárcel y en el exilio». Convencido de haberme topado con la nefasta excepción que confirma la regla, regresé a mi aula del Institut a refugiarme en las ficciones de  Koltès, Williams, Lorca...