Ir a contenido

ANÁLISIS

Una trabajadora ficha en un aparato de control horario al empezar su jornada laboral.

ELISENDA PONS

El control horario: un lío necesario

Jordi Alberich

La necesidad de estas medidas legales proviene de la pérdida de poder de los sindicatos

Esta semana ha entrado en vigor la obligatoriedad para las empresas de registrar el número de horas que trabajan sus empleados. Ello responde a la voluntad por acabar con los abusos en horas extras no pagadas por las empresas, y a las exigencias de la inspección de trabajo que no disponía de instrumentos para controlar dichos supuestos abusos.

La entrada en vigor de la ley conlleva un notable desbarajuste para las empresas. Su implementación es confusa, y su diseño parece inspirado exclusivamente en la imagen tradicional del oficinista sentado ante una mesa durante ocho horas, o la del operario industrial que no se separa de su posición en una cadena de producción. Se entiende ese malestar empresarial pues, además, la mayoría de las empresas no abusan de su posición de dominio para forzar a sus trabajadores a horas extras no remuneradas.

Pero a la vez que entender ese malestar, también debemos comprender el porqué de ese activismo de un Gobierno que, hace tan solo unas semanas, decretó el aumento del salario mínimo. La actuación gubernamental, sin duda perfeccionable, tiene todo su sentido. Además, el control horario viene de ser avalado por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, y parece que se irá imponiendo por toda Europa. Dos comentarios al respecto.

De una parte, la gravísima crisis económica nos ha dejado un legado en forma de malestar social, fractura de la política tradicional, y deterioro de las condiciones laborales de determinados colectivos. No solo de los parados, también de aquellos ocupados con salarios que rozan la indignidad, que asumen la precariedad como norma de vida, o que no ven remunerar sus horas extra.

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

La solución a nuestros principales problemas, gobernar la globalización y la revolución tecnológica, pasa por Europa. Como ello pedirá su tiempo, a los Estados les corresponde abordar sin dilación cuestiones concretas y, hasta ahora, desconocidas. Ante la falta de experiencias pasadas, la única alternativa es experimentar. Se hizo con el salario mínimo y, ahora, con la regulación horaria. Solo una especie de prueba y error, servirá para atender a los colectivos más frágiles e ir recuperando aquella cohesión social que se nos ha deteriorado.

De otra parte, la necesidad de estas medidas legales proviene de la pérdida de poder de los sindicatos. Seguramente, cuando más desorientado está el mundo del trabajo y más necesita de quien le represente, menor es la fuerza sindical. Esta fragilidad del mundo laboral es una amenaza, no solo para los trabajadores, sino para la buena salud de nuestra economía de mercado.

En este nuevo mundo que nos adentramos, los intereses de capital y trabajo seguirán siendo diversos. El capital debe seguir encontrando su recompensa en forma de dividendo, y el trabajo en forma de dignidad y oportunidades para un futuro mejor. Hoy, muchos colectivos no alcanzan esa mínima dignidad y se consideran abocados a la marginalidad. El control horario es un experimento y un lío, sin duda. Pero necesario.