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Al contrataque

Miquel Iceta, en el Parlament, el pasado 5 de mayo.

ALBERT BERTRAN

Vivir en la bronca

Antonio Franco

Miquel Iceta era y es casi el único con la experiencia y voluntad política necesarias para desbloquear en el Senado el debate sobre la plurinacionalidad

Si se habían hecho alguna ilusión de que tras las elecciones generales Catalunya podría vivir desequilibrada y tensa por su división interna, pero con un día a día más o menos soportable, olvídense. La política interior reemprende su enloquecimiento anterior. No sean ingenuos:  esto no acabará ni si el juicio termina con unas sentencias que además de justas sean poco estridentes ni si los jueces golpean como desean Vox, Casado y Rivera. El 'error Iceta' anuncia que el soberanismo no abre ningún compás de espera por si Pedro Sánchez consigue replantear las cuestiones territoriales. En ese contexto es poco probable que la voluntad de los electores catalanes consiga estabilizarse en ese empate casi infinito, casi inevitable que, tal vez -ante la imposibilidad de que avancen los unos o los otros-, podría convertirse durante algunos años en el mal menor.

Iceta, idóneo

Miquel Iceta no solo era y es idóneo, sino probablemente era y es casi el único con los conocimientos, la experiencia y la voluntad política que se necesitan para desbloquear en el desacreditado Senado el debate sobre la plurinacionalidad que tanto necesita Catalunya. Pero el ansia de bronca perpetua ha llevado al soberanismo a darse un tiro en el pie. La forma precipitada, desabrida y mal medida de hacerlo son más propias de la ERC de antes del hundimiento del 'procés' que de los esfuerzos de Oriol Junqueras para convertirla en "el independentismo pragmático", un independentismo sin ambigüedades pero con vocación de gobernar la autonomía de verdad (en vez de imitar a Quim Torra) mientras no les lleguen tiempos mejores. Lo de Iceta quiebra los usos y costumbres no partidistas del Parlament y enlaza con aquel rechazo a los Presupuestos del Estado que devolvían el dinero que necesitaba Catalunya para sus sectores más desfavorecidos. Además, abre dudas sobre lo que hará en la práctica el soberanismo en su recién conquistada Cambra de Comerç, donde está claro que hay que actuar con mucho cuidado y poca bronca porque no se puede jugar con las cosas de comer ni con las cosas de las que depende el comer, que son las que se manejan allí.

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El paso atrás de ERC se produce en un momento delicadísimo. Más allá de las elecciones disputadas a cara de perro entre los dos brazos del independentismo, ahora es cuando Quim Torra, que decía guardarle la silla a Puigdemont, conoce que este ha anunciado que nunca volverá a sentarse en ella, dentro de un contexto en que el propio Torra sabe (como lo saben los demás, ERC incluida) que él no es idóneo. ERC tampoco ignora que, con España, donde las dan las toman, y en su actual postura ni siquiera puede quejarse de que, tras su gesto de hostilidad, en Madrid ni siquiera le han llamado para hablar sobre la composición de la Mesa del Congreso. Pero lo peor es para los catalanes de a pie, pillados en esa tenaza.