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El veto a Iceta

Miquel Iceta, en el Parlament.

ALBERT BERTRAN

La herida

Emma Riverola

El independentismo se está reduciendo a un movimiento herido envuelto en banderas

Si el veto de ERC y JxCat se materializa, no habrá un presidente catalanista en el Senado. Miquel Iceta no se rasgará las vestiduras, tampoco Pedro Sánchez. Pero el independentismo institucional habrá emborronado un poco más su imagen pretendidamente beatífica. Es una estrategia, una jugada más en la contienda electoral. Sin duda, serán muchos los que la celebren, todos los que consideran España un estado represor del que no se puede esperar nada. Pero dinamitar el mínimo consenso parlamentario solo dificultará las posibilidades de un entendimiento.

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El independentismo actúa desde la herida. Es comprensible, pero es un error si aún pretende ampliar la base social. Cuando el paraíso parecía estar a unos centímetros de las puntas de los dedos, la alegría y una suerte de fraternidad invencible recorría el movimiento. Eran los días de las sonrisas invencibles. Hasta que se llegó al abismo y, aún así, se dio un paso al frente. El daño ha sido clamoroso. Las sonrisas se han volatilizado y ha surgido la tristeza, el desencanto, también la rabia y el despecho. El independentismo se ha instalado en el rechazo. No a los presupuestos. No a Iceta… Sin duda, las negativas satisfacen a los agraviados, pero repelen a los no convencidos y fatigan a los no soberanistas. Es decir, a la mitad de Catalunya. El independentismo se está reduciendo a un movimiento herido envuelto en banderas. Y eso ya no despierta la admiración del mundo.