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La Europa que votará el 26-M

El refugio en el ultranacionalismo, en la identidad, en el racismo, alivia a los asustados ante un mundo que se deshace

El miedo tiende a esconderse, a disimularse, a camuflarse bajo otros ropajes. Confesarse asustado es una heroicidad cuando la niñez queda lejana y no basta una voz de adulto o el refugio en un abrazo para que el miedo se evapore. Pero aunque lleve otros nombres,  el mal que aqueja la Europa de los adultos es el miedo al presente y al futuro. Individual y colectivo.

La obsesión por releer a Stefan Zweig, por ejemplo, explica parte de los viejos fantasmas que nos aterrorizan. A Zweig, como a Roth, Morgenstern, Canetti y a tantos otros, se les hundió la tierra bajo los pies. El mundo en el que aprendieron a vivir se deshizo como un azucarillo bajo el fuego de artillería de la primera guerra mundial. El manual de vida que la niñez les procuró dejó de ser útil. Tuvieron que aprender a respirar en otro mundo para el que no estaban preparados.

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Algo así pasa con los europeos que andan por encima de la cuarentena, aunque sin una guerra de por medio. El GPS con el que fueron equipados ha quedado obsoleto y corren con la lengua fuera, tratando de comprender los nuevos mapas que la globalización, el capitalismo financiero y la tecnología han dibujado. Ahí nacen sus miedos.

Los más jóvenes sí disponen de la cartografía adecuada. Solo que desconocen, siempre ha sido así, sobre qué antiguos caminos ha sido proyectada. Las guerras mundiales pronto serán el equivalente a las guerras napoleónicas, una pregunta en el examen y nada más. Y el estado del bienestar, la movilidad, los derechos sociales, la democracia, no son más que 'commodities' que siempre van a estar ahí. Ellos quizás no tengan miedo, pero sí desean una aventura que da por supuesto que toda revolución es para alcanzar lo que falta sin perder nada de lo que se tiene.

El voto de los asustados

No hablamos de todos, ni tan siquiera de la mayoría. Pero son muchos. Asustados y aventureros. Y van a cambiar el futuro de Europa en las próximas elecciones consolidando a la ultraderecha y la eurofobia en el corazón de las instituciones comunitarias. No solo en el Parlamento, que será de entrada lo más vistoso, si no también la Comisión, cuando la nueva realidad se traslade a esta. El Consejo ya ha sido secuestrado.

El miedo y el aventurismo individuales se acomodan mejor en un escenario de gregarismo. El colchón de la colectividad es árnica para los temores y espolea el juego revolucionario. El refugio en el ultranacionalismo, en la identidad, en el racismo, alivia. Ya no se tiene miedo. Solo se está enfadado y convencido de las razones: “el negro, el moro, la multinacional”. Y la revolución del aventurero ya no es imposible: “aquí están mis compañeros de falange romana”. La ultraderecha vive del miedo y de la frivolidad.

¿Cómo escampar el miedo? ¿Cómo hacer bajar el brazo en alto de los estúpidos de la ultraderecha? ¿Cómo evitar que el refugio de unos y otros sea el regreso a la cueva donde el instinto siempre tiene más valor que la razón?

La peor de las noticias es que hay motivos para este malestar europeo. El principal es la convicción de que nadie está en condiciones de tomar las riendas de nada. De que todo es inevitable, de que las cosas solo pueden ser de este modo porque cualquier otro sería peor. La resignación, que es la única propuesta que hay encima de la mesa desde hace años -en economía, emigración, ascensor social, etc-  espolea los temores y es un acicate para los que sienten la pulsión del paseo brazo en alto. El que tiene miedo cree pies juntillas al que promete tomar el control y el aventurero se entrega en cuerpo y alma a las huestes del autoritarismo.

Embridar el mercado y la democracia

Daniel Innerarity apuntó hace poco en una jornada organizada por el CIDOB que solo la UE es capaz de embridar, por ejemplo, al capitalismo financiero. Es así, si añadimos como condición que sea en entornos democráticos. Porque quien ha embridado de verdad al capitalismo es China. Lo ha hecho desde el autoritarismo y violando los derechos humanos.

Esta es la verdadera amenaza si persiste la convicción de que nadie está en condiciones de coger el toro por los cuernos. Porque eso es lo que ofrece la ultraderecha: embridar de verdad. Ocultando el coste de convertir la democracia en apariencia de democracia.

Somos más los que tenemos miedo de los que tienen miedo. Nuestro arsenal es el voto. Pero habrá que ir pensando cómo se embridan, de verdad, todos los asuntos que justifican que el circo europeo se nos haya llenado de monstruos. Si la oferta sigue siendo que esto es así y no puede ser de otra manera, si solo cabe la resignación, tarde o temprano, nos pasaran por encima.