24 sep 2020

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Comunicación

Un manifestante con una máscara con la cara de Trump durante una concentración a favor de los refugiados, en Barcelona, el 17 de junio.

AFP / JOSEP LAGO

¡Mentiras!

Carles Sans

Nos enseñaron desde muy jóvenes que no se debía mentir. Pero con los años uno se da cuenta de que este precepto moral es relativo

Por lo que parece, la reputación de la mentira ya no es tan mala. Veamos: lo más lógico para analizar las cosas de manera detallada es recurrir al origen de las mismas y analizarlas de forma simple, de modo que se haga más comprensible la evolución o la degradación en el tiempo del asunto que se trata. En principio, nuestra sociedad y nuestra educación estaban basadas en la idea de que mentir es inmoral. Nos enseñaron desde muy jóvenes que no se debía mentir. Pero con los años uno se da cuenta de que este precepto moral es relativo, sobre todo tras encasillar las mentiras en muchas categorías para así justificarlas. Fíjense si la mentira está reglamentada que en los tribunales se permite que el acusado de una causa pueda, según la estrategia que le marque su abogado, no decir la verdad, o lo que es lo mismo, mentir claramente en su beneficio aunque esto vaya en detrimento de la otra parte. Increíble, pero es así.

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Y en la política se miente mucho. Todo el mundo lo dice y todos lo sabemos, y, sin embargo, no solamente les votamos defendiendo las mentiras que nos cuentan, sino que deseamos confiarles el gobierno y la administración de los bienes públicos a quienes sabemos que mienten sin parar. ¿A quién le puede extrañar que con el tiempo vayamos descubriendo malversaciones, chanchullos y las corruptelas cometidas durante el tiempo que les hemos confiado nuestro apoyo? Sinceramente, es esta una sociedad difícil de comprender.

Mientras se habla de transparencia se sigue mintiendo al electorado haciendo acusaciones falsas del oponente u ocultando y tergiversando argumentos en beneficio propio y no en el del país. Lo peor de todo esto es que nos ha llevado al descrédito general de la política. Hemos perdido una de las cualidades que están más a la baja en el ser humano y que para mí es una de las más preciadas: la buena fe. Se acabó. Quien quiera tenerla se arriesga a que se la arrebaten cualquier día y en cualquier momento.

¡Ah! Permítanme una mentira final.  Dicen que solo en las relaciones de pareja se confía en la sinceridad. Según parece, en este ámbito no hay mentira piadosa que se perdone.