30 mar 2020

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OPINIÓN

Un padre mira con sus hijos el escaparate de una tienda infantil de robótica

Papá entrenador, papá enamorado, papá huevón, papá arrepentido y papá normal

Olga Pereda

Malasmadres, madres ausentes, madres helicóptero, madres castradoras, supermadres…

¿Qué pasa con ellos, los padres? ¿No tienen etiquetas? ¿No hay listas para clasificarlos?

Vamos a intentarlo.

Papá entrenador

Sus hijos no son sus hijos sino sus campeones. “Vamos, campeón”, es su mantra. Los llama así desde que eran pequeñitos. Ya entonces cualquier juego no tenía nada de inocente ni divertido. Hasta el escondite inglés era pura competición. Bregados en las extraescolares de fútbol, tenis y judo, intentan agradar a papá ganando siempre. Vive su momento glorioso en verano, cuando muestra su atlético cuerpo y, por supuesto, el de sus hijos. A papá entrenador le gusta mucho que su prole lleve amigos a la playa. Adora comparar. Y goza cuando los demás son torpes y tienen algún michelín. Saliva cuando sus hijos ganan a lo que sea, desde la petanca hasta el voleibol o las carreras para entrar en el agua. “Así se hace, machotes. Cómo se nota que habéis salido a vuestro padre”, les anima mientras mira con asco las patatas fritas de los amigos de sus hijos. Con mirada triunfante, papá entrenador saca entonces los bastones de zanahoria cruda y los batidos caseros, que, por supuesto, ha preparado mamá entrenadora.

 

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Papá enamorado

La paternidad le ha hecho tan feliz que ha perdido el norte. Tiene una sola hija y ronda los tres o cuatro años. Es incapaz de mirar a otro niño y mucho menos de tener un gesto cariñoso con alguien que no sea su princesa. Es capaz de estar cuarto de hora friendo a preguntas a la profesora a la salida de la escuela infantil ¿Qué tal ha comido? ¿Ha dormido bien? Hoy le vi unos granitos en el brazo ¿se los ha mirado el enfermero? Le da igual si los otros padres están esperando. No hay nada más importante que su princesa. Papá enamorado no para de repetir lo rápido que empezó su pequeñita a andar y a hablar, lo bien que come, lo bien que duerme y lo bien que se porta. Le gusta todo de su hijita. Hasta la caca. En la playa, cuando la peque tiene ganas de dar de vientre, papá ultraenamorado le dice que lo haga en la arena, que no pasa nada. Después, coge una pala y entierra levemente el ‘cadáver’. Total, si otro bañista se lo encuentra da igual. La caca de su hija es oro puro.

Papá huevón

“Cariño -suele decir papá huevón a su pareja- ¿qué le pongo?”. Considera que el armario de su hijo es territorio femenino. Podría encargarse él de escoger una camiseta, un pantalón o un vestido, pero ¿para qué si lo puede hacer mami? Ella sabe combinar mejor los colores y las prendas. Otra de sus preguntas favoritas es “¿qué va a cenar hoy el peque?” La cocina es lo mismo que el armario: una desconocida. Ante el menor síntoma de aburrimiento de los peques, les ofrece alegremente el iPad. Desconoce el nombre de la pediatra de sus hijos y el calendario de las vacunas le parece un jeroglífico, como el grupo de whatsApp de padres del cole. Alega que ya está su mujer para ese tipo de cosas. Jamás organiza las fiestas de cumpleaños. Le supera ese circo. También le supera el parque cada tarde. Él prefiere entretenerse con su teléfono móvil y endosar los críos a otro papá o mamá.

Papá arrepentido

A diferencia de las otras categorías, papá arrepentido no lo es el 100% del tiempo. Solo a veces. Ratos en los que se acuerda de lo bien que vivía sin hijos. Ratos en lo que echa de menos la vida cultural, deportiva, social y sexual que tenía antes del embarazo. Ratos en los que mira la cartelera y se imagina lo estupendo que sería pasar la tarde viendo una película no precisamente infantil. Papá arrepentido duerme mal. El bebé llora mucho. Demasiado. ¿Por qué nadie le advirtió del infierno que es convivir con un recién nacido? ¿Por qué todo el mundo le da la enhorabuena si él de lo que tiene ganas de verdad es de escapar lejos? Y por último: ¿Por qué la gente tiene más de un hijo si ya saben lo que es?

Papá normal

Papá normal tiene algo de campeón, algo de huevón, algo de enamorado y algo de arrepentido. En cuestión de segundos pasa del amor infinito hacia sus hijos al hastío más profundo. No está convencido de que su hijo es un superdotado, no suele criticar a otros padres y madres, no suele mirar el móvil en el parque, sabe preparar cenas sanas y de vez en cuando tira de pizza y patatas fritas. Sabe decir que no a sus hijos y es consciente de que criar es el trabajo más difícil del mundo. Necesita tiempo para él mismo y a veces desconecta de la familia: una cena con amigos, un cine en soledad, una mañana en el campo… Es, básicamente, un buen padre. Un padre imperfecto que se dio cuenta que la vida iba en serio la primera vez que cogió en brazos a su bebé.