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ANÁLISIS

Origi anota el cuarto y letal gol del Liverpool ante el Barça en Anfield.

Tremendismo tras la derrota

Antonio Bigatá

El resultadismo oportunista de ahora es tan cegador y la nostalgia utópica es tan fácil de vender que si el entorno del Barça no se serena la entidad puede caer en una fase autodestructiva inmerecida

Cuatro grandes entrenadores nos han proporcionado las dos mejores semifinales de la Champions que se recuerdan. Han sido partidos bestiales. Klopp, Pochettino, Ten Hag y Valverde tras unas temporadas de progresión impresionante en sus ligas han demostrado que son junto a Pep Guardiola y el Cholo Simeone los mejores técnicos del fútbol contemporáneo. Pero sólo dos de ellos podían clasificarse. Lo han hecho los dos que lo tuvieron más difícil: Klopp y Pochettino debieron organizar sus equipos a partir de ausencias de jugadores trascendentales y ambos llegaron a tener sendos 3-0 adversos en los partidos de vuelta de las semifinales.

En todos los encuentros no llegaron a entrar posibles goles que hubiesen cambiado el programa de la final del Wanda, y no habría sido injusto que hubiese ocurrido. Con todo, aunque deslumbró de nuevo la fuerza combinativa a alta velocidad del Ajax es evidente que hizo una segunda parte sin nivel. Y asimismo decepcionaron muchos momentos del Barça en Anfield, con el gran ridículo en el último gol encajado. Considero impecable la clasificación de los dos finalistas.

Lecciones esenciales

Ahora hay secuelas tremendas. Algunos analistas absurdos hablan de la obligación de ganar en lo que en definitiva es un juego. Adictos -aunque disimuladores- manifiestos del resultadismo desorientan a los demás aludiendo a otra obligación: la de jugar los grandes partidos seduciendo, cuando todos ellos han aplaudido y se han entusiasmado anteriormente con victorias tan agónicas y tal vez injustas como la del Barça en el partido de ida con el Liverpool.

En cambio no se subrayan suficientemente algunas lecciones esenciales de estos cuatro enfrentamientos, como el imperio de la nueva y nada casual superioridad de los clubs ingleses, que tanto nos amargará en los próximos años. O como la entronización de la intensidad total -a cargo de artistas muy técnicos con el balón e inteligencias individuales superdotadas al plantear sus jugadas- como nueva doctrina ganadora no sabemos hasta cuándo. De momento esa intensidad superlativa en este 2019 le ha ganado la partida al cruyfismo en la Champions derrotando a sus tres exponentes máximos (City, Barça y Ajax), aunque me parece muy probable que el pulso seguirá gracias a que el cruyfismo evoluciona y gana mucho más sentido práctico de lo que sus teóricos dicen y predican.

Valverde se rasca la sien ante la desoladora actuación de sus jugadores en Anfield. / AFP

Tras la eliminación el tremendismo ha caído sobre el Barça. Los enemigos mortales del presidente Bartomeu y del entrenador Valverde han ocupado yo diría que incluso felices el centro de la plaza pública. Y ahora lo discuten todo. Atacan frontalmente a Messi por haber conseguido la manija deportiva del club a cambio de su continuidad, cuando habrían despellejado vivos a los dirigentes si el argentino se hubiese ido, y cuando todos saben que el Barça está todavía donde está por tenerle a él, y cuando cualquier equipo le daría esa misma dirección operativa a cambio de poder ficharle (el City incluido; Guardiola, por ejemplo, ya lo hizo).  Dicen que es absurdo que mande un jugador, que además es sensato. Sería peor que no  gobernase quien sabe más de fútbol que los demás.

Error en las alineaciones

Dicho esto hay que subrayar que Valverde se equivocó en las alineaciones de las semifinales. O peor: se equivocó en la ida (prescindiendo de un lateral derecho rápido como Semedo para plantar cara a los veloces extremos y laterales del Liverpool, y no sustituyendo a Coutinho en cuanto demostró seguir en su fase de abulia), luego lo arregló eficazmente sobre la marcha, pero calcó el fallo en la vuelta y el equipo volvió a no ser idóneo para contrarrestar la tenacidad luchadora de los de Klopp. También tuvo Valverde la misma mala suerte que Pep, a quien en el partido decisivo le fallaron inesperadamente Laporte Bernardo Silva, sus mejores bazas toda la temporada. Al Txingurri no le funcionaron en Anfield ni Jordi Alba ni Busquets, desencuadernándole las armonías y desmoralizando a Messi...

Pero algunas de las polémicas que se arrastran por el entorno barcelonista son impresentables. Algunos matarían -o rechazan la alineación, que es casi lo mismo- de Arturo Vidal, aunque fue uno de los mejores sobre el campo, porque no forma parte de su ideal de juego nostálgico. El integrismo es así y se están haciendo mal las reflexiones de después de la derrota. Es verdad que se ha vuelto a desperdiciar la presencia de Messi de cara a ganar la Champions y eso es enloquecedor.

Es verdad que debe acelerarse la sustitución de grandes jugadores que son aún titulares. Pero también es verdad que el Barça no habría resistido que este año se hubiese prejubilado a, por ejemplo, Busquets y Suárez, y que eso hubiese costado no ganar la Liga, cosa perfectamente posible. El resultadismo oportunista de ahora es tan cegador y la nostalgia utópica es tan fácil de vender que si el entorno de este club no se serena la entidad puede caer ahora en una fase autodestructiva inmerecida y tal vez larga.