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Peccata minuta

Pérez Rubalcaba en una imagen de archivo de febrero del 2012.

Andrea Comas (REUTERS)

Alfredo

Joan Ollé

«Hola, Alfredo, me llamo Joan. Un placer. He perdido la cartera, no he desayunado y eres la única persona de este vagón a quien conozco. ¿Te importaría prestarme 5 euros?», le dije un día en el AVE. Rubalcaba fue mi ángel de la guarda

Una de las cosas más bonitas de viajar matutinamente en AVE es llegar al asiento, instalar el  equipaje, dirigirnos a la cafetería, y, si ya han abierto, ser los primeros en pedir un bocata de lo que más nos apetezca regado con algún líquido y hojeando cualquier diario mientras por las ventanillas van sucediéndose paisajes de extraradio. No, el bocata del AVE no es tan sublime como aquel con que nos vengamos del ayuno forzoso que precede al análisis de sangre, pero supera por 'goleada Liverpool' al cruel y carísimo pan con algo de los aeropuertos.

Hace algunos años, disponiéndome a gozar de este momento ferroviario único  y después de palpar mil veces todos mis bolsillos, registrar policialmente la bolsa de viaje y agacharme innoblemente por el suelo en busca de mi cartera, deduje: «¡Oh, mierda, la he he perdido!» Y, hundido en mi desgracia, no supe imaginarme las próximas dos horas y media sin nada en el estómago, que rugía melancólicamente como el perro de Pávlov.

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Desconsolado, descubrí que dos filas más atrás y en clase turista como yo, Alfredo Pérez Rubalcaba hojeaba algunos papeles que iba comentando con su soñoliento compañero de viaje. No me lo pensé dos veces: «Hola, Alfredo, me llamo Joan. Un placer. He perdido la cartera con las tarjetas de crédito, solo tengo un par de euros en calderilla, no he desayunado y eres la única persona de este vagón a quien conozco. ¿Te importaría prestarme cinco euros?» El hombre, lejos de llamar al interventor, desenfundó su cartera, de la que emergieron un billete de veinte y otro de cinco, ofreciéndome el mayor, que contra su generosa insistencia decliné. Al llegar a Atocha, mi ángel de la guarda se interesó por si necesitaba dinero para desplazarme por Madrid, a lo que le respondí que no y gracias otra vez, que pillaría un taxi y al llegar a destino un colega lo pagaría.  Naturalmente, a la que tuve acceso a un banco, metí  un billetazo de cinco euros junto a unas pocas palabras en un sobre, le pegué un sello y lo mandé a Ferraz 68-70, 28008, Madrid.

Solo puedo decir de mi protector que siempre que le vi por la tele, en fotografía o en el tren me pareció, en el sentido más machadiano de la expresión, una buena persona. Y un político en mayúsculas, raza en extinción: comparen su cara, sus ojos, su frente con los y las que irán apareciendo a partir de pasado mañana, después del adiós, en las portadas de los periódicos y verán que vamos a menos, a casi nada.

No volveré a cruzarme con Alfredo camino de Madrid, pero tal vez sí con Miquel Iceta, ahora 'primus inter pares', a quien no acabo de saber si Sánchez ha encumbrado a repartir turnos de palabra en el Senado a condición de que no hable demasiado.