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Al contrataque

Òscar Camps, el lunes 14 de enero, en el Puerto de Barcelona, a bordo del ’Open Arms’.

EFE / QUIQUE GARCÍA

Volver a To Kyma

Ana Pastor

El 16 de septiembre del año 2015 el equipo de Proactiva Open Arms, con Òscar Camps, al frente llegó a isla griega de Lesbos. Todo el equipo se reunía en torno a una mesa del hostal To Kyma (ola en griego) para recuperar el aliento

Volver a To Kyma tiene algo de viaje nostálgico. Es volver al lugar donde empezó todo. Tiene también algo de viaje hacia la esperanza. Allí todos soñaron que otra Europa sería posible. Pero también tiene algo descorazonador. Porque tantos años después Europa ha dejado que miles de hijos se ahoguen en sus mares. Esa Europa que mira el agua desde la cubierta de la tierra firme y egoísta donde todo va razonablemente bien. El continente que prometió estar a la altura. El lugar del que a finales del siglo XIX y principios del XX salieron cientos de miles de personas hacia América en busca de una vida digna lejos de la guerra y el dolor. El sitio que hoy ha olvidado todo eso como si hubiera sido el sueño cumplido de otros.

El 16 de septiembre del año 2015 el equipo de Proactiva Open Arms, con Òscar Camps, al frente llegó a isla griega de Lesbos. Pasaron muchas noches sin dormir. Entrando y saliendo del agua rescatando gente. En los pocos ratos en los que el mar se calmaba y dejaba de tragarse seres humanos, todo el equipo se reunía en torno a una mesa del hostal To Kyma (ola en griego) para recuperar el aliento. Hablaban entonces de lo difícil que era llegar a todo el que pedía ayuda a varios metros de la playa. Ellos solo tenían unas motos acuáticas por aquellos días. Y la desesperación no entiende de la falta de recursos. La imagen de cientos de chalecos rosas en la arena dio la vuelta al mundo. Poco después consiguieron movilizar recursos y se hicieron con una lancha de ocho metros para poder ir mar adentro.

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Aquella lancha fue bautizada como 'To Kyma'. El símbolo del comienzo de algo. Pero la avalancha de seres humanos no cesó. La emigración del siglo XX volvía como un bumerán en el siglo XXI. Pero ahora nos tocaba acoger. Y rescatar. Proactiva terminó haciéndose con dos barcos. Y tampoco eso fue suficiente. Al drama humanitario se sumó una fuerza oscura. La de la burocracia europea que ignoró, en el mejor de los casos, y bloqueó, en el peor, el trabajo de la ONG catalana y otras. Hace unos meses España trató de insuflar algo de empatía en los gobiernos de la Unión pero terminó contagiándose del miedo a más llegadas y castigos electorales y bloqueó la salida del Open Arms de nuestros puertos.

Han sido cuatro años muy duros para el equipo. Pero sobre todo de una enorme frustración ante las muertes incesantes en el mar Mediterráneo. De poco sirvieron los compromisos de acogida. No se cumplieron. En unos días volvemos a tener elecciones. También Europa se la juega. Tenemos por delante uno de los mayores retos como sociedad y como continente acogedor. Podemos mirar hacia otro lado desde tierra firme. O pensar en To Kyma. El lugar donde empezó todo. El lugar al que hay que volver.