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Análisis

Argentina deberá afrontar un nuevo agravamiento de la caída del peso.

EFE / ZIPI

La empresa al servicio del dividendo

Jordi Alberich

La globalización ha impuesto sus reglas de juego y si este es el único modelo posible, veremos cómo acaba

Estos días, la subgobernadora del Banco de EspañaMargarita Delgado, insistía en que los bancos deben acompasar los dividendos a los resultados y, si ganan menos, repartir menos dinero entre sus accionistas porque el objetivo final es incrementar el capital. Así, decía: "la renta variable es variable y no fija". Una consideración que, más allá del sector bancario, se puede aplicar a la mayoría de las grandes corporaciones.

Leía estas declaraciones con un gran interés pues vienen a señalar una de las manifestaciones paradigmáticas del capitalismo de nuestros días. Aquella que considera el rendimiento del capital como un gasto fijo y, a menudo, vincula la retribución de la alta dirección a los dividendos que, a corto plazo, se repartan los accionistas.

Una ruptura muy notable con lo que, tradicionalmente, eran las prácticas empresariales, cuando la retribución del capital se consideraba una variable sujeta a la evolución de las cuentas de explotación y la solidez de los balances. Ello formaba parte de una concepción a largo plazo de la empresa, que llevaba a priorizar aquellas inversiones productivas que garantizasen el buen funcionamiento de la empresa más allá de la inmediatez, a la vez que los
costes salariales se fijaban tras negociarlos con los sindicatos, y se procuraba no recurrir a ajustes de plantilla más que en situaciones límite. Hoy parece que ya no es así.

La cuenta de explotación empieza por imputar en la partida de costes la retribución que se garantiza al inversor. De esta retribución también dependerán los salarios, a menudo muy elevados, de la alta dirección, y a partir de entonces hay que cuadrar las cuentas. Si hay que postergar inversiones convenientes para el largo plazo, pero que pueden dañar el resultado a corto, se aplazan. Y si hay que reducir personal, aunque haya beneficios, se reduce: la prioridad es el dividendo.

En defensa del modelo, la alta dirección y los fondos de inversión, cada vez más presentes en el capital de las grandes compañías, tienden a señalar que no hay alternativa y que, además, el modelo es justo. Así, argumentan que si el capital no obtiene determinada rentabilidad, abandona inmediatamente la compañía y se desplaza hacia donde se le garantice. Acerca de las retribuciones de los principales directivos, el razonamiento es muy simple: si los accionistas se reparten dividendos de cientos de millones, ¿cómo ellos no van a percibir algún que otro
millón por su gestión?

Un modelo que, éticamente, viene legitimado por el concepto de creación de valor. Suena razonable pero tengo mis dudas acerca de cómo se recompensa ese mayor valor que se genera. ¿Justifica los elevados dividendos y las enormes disparidades salariales? Y, por otra parte, ¿qué es creación de valor? ¿el reparto de dividendo a corto plazo o la consolidación de la empresa a largo? Ciertamente, la globalización ha impuesto sus reglas de juego, y de nada sirve recordar el pasado. Pero si este es el único modelo posible, veremos cómo acaba.