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ANÁLISIS

Votación durante una sesión ordinaria en el Parlamento Europeo

Patrick Seeger (EFE)

La UE, frente al desafío ultra

Albert Garrido

A las puertas de las elecciones europeas más importantes de la historia, la cumbre de Sibiu ha adquirido una especial solemnidad, sometido el futuro de la Unión Europea (UE) al desafío de la internacional eurófoba, la confusión in crescendo generada por el 'brexit', la crisis migratoria, el desprestigio de las élites que han gestionado la salida de la crisis y el aumento de las desigualdades. Aunque el motivo oficial de la reunión era preparar la agenda estratégica para la legislatura 2019-2024, el cierto fue bastante más terrenal: abrir el debate relativo al reparto de las cuatro grandes presidencias de la Unión -empezando por la del Parlamento y continuando por las de la Comisión, el Consejo Europeo y el Banco Central- y sopesar la posible formación de una mayoría estable e inequívocamente europeísta que neutralice el auge de la extrema derecha.

No es exagerado afirmar que la primera misión de los partidos europeístas es transmitir a la opinión pública la importancia determinante de las euroelecciones. Precisan sumar complicidades para construir un cordón sanitario que aísle el populismo ultraconservador, que ha demostrado ser capaz de agavillar un conglomerado de partidos que engloba diferentes formas de euroescepticismo, antieuropeísmo, nacionalismo y exaltados deseosos de hacer saltar la UE por los aires o de reducirla a su mínima expresión. De imponerse el partidismo por encima de la suma de voluntades europeísta, es de temer que la UE se suma en la ineficacia.

Si se cumplen los vaticinios de los sondeos, es improbable que las candidaturas ultras queden por debajo del 20% de los votos y que la suma de escaños socialistas y democristianos se mantenga por encima del 50% de la Cámara. En este caso, será necesaria una coalición de Gobierno ampliada a liberales y verdes para constituir una mayoría suficiente cuya primera misión será sacar a los Veintisiete del atasco institucional -pactar los nombramientos-, cuando no de la parálisis provocada por la laberíntica negociación del 'brexit'. Dicho de otra forma: el 'establishment' tradicional de la UE deberá realizar un movimiento defensivo para aislar a los ultras y poner a salvo la construcción europea, por más renqueantes que sean sus andares.

La previsible vaguedad de la declaración que suscribirán los reunidos en Rumanía no es más que el reflejo de las dificultades que entraña la empresa de unir las siglas europeístas, conciliar los intereses nacionales y tener en cuenta el efecto de la victoria del PSOE el 28 de abril, que puede contribuir a disipar algo el pesimismo, que acaso influya en el comportamiento de los electores progresistas, incluso en su movilización para participar en una convocatoria que tradicionalmente registra una baja participación. Será este un asunto central una vez constituido el Europarlamento si, como se desprende del resultado de las encuestas, el aumento del voto ultra se traduce en un descenso de la representatividad del Partido Popular Europeo a imagen y semejanza de lo sucedido en España con el PP.