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análisis

El presidente iraní, Hasán Rohaní, saluda frente a una foto del guía supremo, el ayatola Alí Jamenei.

AP / EBRAHIM NOROOZI

Cuanto peor, mejor

Ignacio Álvarez-Ossorio

Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania, el resto de integrantes del G5+1, deberán buscar en los próximos dos meses la fórmula para evitar el colapso definitivo del acuerdo, lo que probablemente provocaría la reanudación del programa nuclear iraní

No por esperado, el choque de trenes deja de ser menos dañino para la estabilidad del golfo Pérsico. Hace un año, Donald Trump decidió retirarse unilateralmente del acuerdo alcanzado por el G5+1 para congelar el programa nuclear iraní e impedir que tuviera derivaciones militares. El pasado mes de noviembre, el presidente norteamericano impuso nuevas sanciones contra los sectores petrolífero y bancario iranís. El objetivo era claro: asfixiar al país persa y, así, debilitar al régimen de los ayatolás. No cabe duda que lo ha conseguido, dado que la inflación se ha disparado, la moneda local ha perdido la mitad de su valor y la economía ha entrado en una aguda recesión.

La respuesta iraní era, hasta cierto punto, predecible. Ayer, el presidente Rohaní anunció la suspensión parcial del acuerdo y, lo que es más importante, amenazó con volver a enriquecer uranio en el caso de que no se encuentren soluciones para sortear las sanciones. Eso sí, dejando claro que “Irán no ha elegido el camino de la guerra, sino el de la diplomacia”. La pelota está ahora, como se suele decir, en el campo de Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania, el resto de integrantes del G5+1, que deberán buscar en los próximos dos meses la fórmula para evitar el colapso definitivo del acuerdo, lo que probablemente provocaría la reanudación del programa nuclear iraní.

Política intervencionista

Se ha impuesto, por lo tanto, el escenario del “cuanto peor, mejor” defendido por los halcones de la Administración estadounidense: John Bolton y Mike Pompeo, responsables del Consejo de Seguridad Nacional y el Departamento de Estado. Ambos defienden una política exterior intervencionista para reforzar la posición de Estados Unidos a nivel global. También son estrechos aliados de Israel y Arabia Saudí, que consideran que Irán representa una amenaza para la estabilidad regional puesto que ha sido el actor más beneficiado por las turbulencias que vive la región desde el fracaso de la Primavera Árabe con la descomposición territorial de Siria, Irak y Yemen, la irrupción del Estado Islámico y la intensificación del sectarismo.

No obstante, las sanciones podrían tener un efecto contrario al deseado y volverse como un boomerang contra el presidente Trump. Es sabido que el régimen iraní no es monolítico y está fracturado entre los sectores duros y los pragmáticos. El programa nuclear fue una apuesta personal de los primeros, mientras que los segundos apoyaron las negociaciones con el G5+1. De hecho, Rohaní consiguió revalidar su mandato presidencial en el 2017 presentándose como el artífice del acuerdo y prometiendo que ayudaría a aliviar la delicada situación económica y contribuiría a la normalización de las relaciones exteriores. Su ruptura, por lo tanto, fortalecería a la Guardia Republicana iraní y debilitaría a los sectores reformistas, partidarios de una apertura del régimen, sin duda una mala noticia que podría agudizar las tensiones regionales.