80 años del éxodo de la guerra civil

Un exilio poco republicano

La patria del exilado consiste, según María Zambrano, en renunciar a cualquier reconstrucción identitaria

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13 de junio de 1939. Desembarco de exiliados españoles arribados a Veracruz (México) en el buque Sinaia.

13 de junio de 1939. Desembarco de exiliados españoles arribados a Veracruz (México) en el buque Sinaia. / INHERM México

El  exilio que hace 80 años emprendieron miles de españoles, huyendo de la muerte o de la cárcel, está siendo objeto estos meses de múltiples actos conmemorativos. Se aprovecha la ocasión para dar un repaso a la barbarie que supuso el golpe de Estado franquista y honrar de paso la memoria republicana.

Todas esas efemérides pueden ser vistas como una forma poética de justicia para quienes tuvieron que abandonar su país por haber defendido una causa justa. Justicia memorial, pues, para los exiliados, pero ¿también para el exilio? Hay que preguntarse, en efecto, si todos estos actos, que se presentan bajo el rótulo de “exilio republicano”, hacen justicia a lo que significa el exilio o, dicho en otras palabras, si el sentido del exilio se sustancia en legitimación del Estado republicano o apunta más bien hacia otra forma de entender la política.

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Es innegable que muchos exiliados vivieron el exilio como un sacrificio por la República, esperando que un día pudiera fructificar en restauración republicana. Algunos pocos, como María Zambrano o Max Aub, sin embargo, pensaron que con el exilio se cerraba una forma de entender el Estado  y se abría otra que nada tenía que ver con el pasado.

Para entender esto hay que tener en cuenta la diferencia entre un exiliado y un refugiado (que nunca se va del todo) y un desterrado (que sólo piensa en volver) o un transterrado (que cambia de tierra). El exiliado sabe que cuando se va, se cierra definitivamente la puerta de salida porque ese mundo que deja, desaparece. Descubre entonces que estar exiliado es ser exiliado. El exilio aparece entonces no como una circunstancia pasajera, sino como una forma de existencia. María Zambrano recurre a un término  cargado de historia para explicar ese cambio: el exilio, dice, se convierte en diáspora. Es un término judío que los profetas acuñaron en el exilio de Babilonia. Su particular Estado había sido derrotado por sus enemigos y, tras una penosa reflexión llegaron a la conclusión de que la forma política de existencia, propia del pueblo judío, era vivir en diáspora, es decir, dispersos por el mundo conviviendo pacíficamente con los demás pueblos. El exilio como diáspora significa renuncia a un Estado propio y una patria material. Es significativo que el libro donde cuentan su vuelta a casa se llame Exodo.

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María Zambrano toma prestada esa herencia judía para exprimir y expresar su experiencia de exiliada. Ya no tiene patria porque la ha perdido pero no renuncia a ella, sólo que ésta consiste en renunciar a cualquier reconstrucción identitaria: “la patria verdadera tiene por virtud crear exilio”, dice lúcidamente.

La filósofa malagueña es ciertamente una excepción porque son pocos los exiliados que han reflexionado sobre su exilio. La mayoría vivieron con las maletas listas para el regreso. Lo que no deberíamos es privar a esa enorme experiencia de todo su alcance político, sobre todo hoy cuando el exilio, en su modalidad de migración, se ha convertido en el mayor problema político del mundo. El exilio abre una puerta a la universalidad que trasciende todo recuperación identitaria, incluida la republicana.