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Análisis

Un grupo de menores marroquís cocinan la cena en su campamento en la montaña de Montjuïc.

Elisenda Colell

Encontrar soluciones que vayan a la raíz

Sonia Andolz

No se espera nada de los menores migrantes no acompañados y ellos han deshumanizado a las sociedad que los recibe, no les acoge

Crecen las noticias sobre menores no acompañados que protagonizan delitos callejeros o, incluso, algunos crímenes sexuales abominables. Y sigue, o crece, la insistencia de muchos sectores en clasificarlo como un problema de seguridad ciudadana. A pesar de la gravedad y el rechazo que estos actos provocan, el perjuicio a las víctimas y a la ciudadanía, el análisis debe ampliar el foco: el problema no es solo de seguridad ciudadana sino también de seguridad comunitaria e individual. Es decir, los menores que cometen estos delitos siguen siendo víctimas. Les hablo desde una perspectiva que bien podría encajar en el realismo político de la seguridad: nadie estará seguro mientras haya colectivos que no lo estén.

Las ciudades deben ser seguras para quienes viven en ellas y también para quienes las visitan. Los menores no acompañados no están de visita. No son turistas ni viajeros. En tanto que menores, son responsabilidad de nuestras instituciones. En tanto que residentes, su bienestar es también responsabilidad de todos. Y ahí es donde se junta su posible doble condición: como víctimas de multitud de desigualdades y como posibles responsables de daños posteriores.

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Un menor no acompañado ('mena') es alguien que deja atrás su familia y lugar de origen por distintos motivos. Ese lugar de origen es un país en el que no ve posibilidad de estudiar, trabajar o ganarse la vida. Si esto es cierto o no, no importa para el análisis puesto que la percepción individual o colectiva provoca ese efecto. Ahí ya encontramos la primera desigualdad. ¿Imaginamos nuestros niños huyendo solos a otro país para buscar oportunidades? No, porque en principio nadie dejaría un lugar en el que tienes asegurado el acceso a la educación, a unos mínimos alimentarios, de salud o de bienestar.

Cuando el menor decide migrar, lo hace sin familiar o adulto cercano que le acompañe y ahí sigue su periplo como víctima: caen en redes de tráfico de seres humanos, sufren agresiones de todo tipo, son tratados con miedo, desconfianza y hostilidad en su camino hacia “el norte”. Son invisibilizados. Cuando finalmente llegan a algún destino, son metidos en centros sin suficientes recursos, donde los educadores no pueden dar la atención que necesitan, donde no hay personal para trabajar y desmontar los malos hábitos o conductas que han ido adquiriendo como mecanismos de supervivencia. Cada día salen a la calle a pasar el tiempo. No se espera nada de ellos y han deshumanizado a la sociedad que les recibe, no les acoge. Y porque son las formas de sobrevivir que conocen hasta ahora.

Sin dejar de lado la parte policial del problema, hay que encontrar soluciones que vayan a la raíz: a la situación de los menores, las causas de su migración, de su llegada, tratar lo que han vivido y sufrido y ofrecer opciones adecuadas a su edad. Solo así, podrán convertirse en co-ciudadanos nuestros y estar seguros en las ciudades de acogida. Y así estaremos todos seguros.