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Dos miradas

Núria de Gispert, en una imagen de archivo.

Ferran Nadeu

De Gispert, la dignidad se logra y se afianza cuando no se participa en el juego de las batallas en el barro, cuando no se disfruta de la suciedad como si fuera el hábitat natural de la especie

Los que defienden la actitud de Núria de Gispert arguyen que los demás también insultan y que, además, lo hacen desde su escaño en el Parlament. «Cuando ellos lo hacen», dicen, «no pasa nada; en cambio, cuando lo hace una de los nuestros, en defensa propia, llega una tormenta». Es decir, justifican el insulto porque es una forma de combatir la ofensa de los enemigos. Es innegable que en toda esta historia de trifulcas y alaridos de verdulería hay muy poca gente que esté libre de culpa, y que en determinadas acciones de Ciudadanos ha habido la voluntad premeditada de crear un ambiente de crispación que deteriora a conciencia el espacio público y el institucional. De acuerdo. Si es así, sin embargo, quien participa en una injuria inevitablemente se contamina con el germen del odio. Y Núria de Gispert no solo acepta el reto (es decir, la infección) sino que la eleva a unos niveles abominables.

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En el tuit de los cerdos, además, tira la piedra y esconde la mano. Reconoce que es «inapropiado» y que «no quería insultar a estas personas» porque resulta que no se dio cuenta de la referencia al «observatorio del porcino». ¡Y qué más! En su mensaje añadía que lo hacía en defensa de «todos aquellos que desean que vuelva la dignidad a nuestras instituciones». De Gispert, la dignidad se logra y se afianza cuando no se participa en el juego de las batallas en el barro, cuando no se disfruta de la suciedad como si fuera el hábitat natural de la especie.