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Al contrataque

Tanatorio de Sancho de Ávila, en Barcelona.

JOAN CORTADELLAS

El último 'adiós'

Carles Francino

Solemos andar tan atareados con chorradas de distinto calibre que, a veces, se nos olvidan las cosas importantes. Y para mí existen pocas tan importantes en la vida como ser conscientes de la muerte

Solemos andar tan atareados con chorradas de distinto calibre que, a veces, se nos olvidan las cosas importantes. Y para mí existen pocas tan importantes en la vida como ser conscientes de la muerte, pero sin que eso se convierta en algo desesperante o aterrador. Las convicciones religiosas o espirituales pueden jugar un papel en ese proceso, ya lo sé; igual que todo lo contrario, el descreímiento más absoluto. Pero no resulta fácil conseguir el equilibrio y por eso aplaudo cualquier iniciativa que contribuya a hacerlo; o por lo menos a intentarlo.

Yo tuve un primer contacto con la muerte excesivamente precoz, que me marcó de mala manera. Acostarte una noche en la misma habitación que tu hermana, como todos los días,  pero levantarte tú por la mañana y ella no, supone un mazazo excesivo, arrasador, para un niño que aún no había cumplido los 10 años. 'Meningitis' pasó a ser una palabra maldita y aún hoy cuando la escucho me incomoda. El miedo me atenazó durante muchísimo tiempo, rechazaba sistemáticamente acudir a funerales y tenía sueños recurrentes en los que mi relación con la eternidad no resultaba placentera, sino angustiosa.

El ganador del Concuros de Tanatocuentos

He rememorado fogonazos de aquel infausto día y de los que vinieron después leyendo el relato ganador del Concurso de Tanatocuentos que organiza desde hace casi dos décadas la revista 'Adiós'. En 'Palabras secretas', el protagonista es un niño al que la muerte de su abuela y una frase de compromiso de esas que se sueltan a voleo -"esto nos pasará algún día a todos…"- le taladran el cerebro y la moral hasta el punto de rodear su cama de almohadones en previsión de una mala caída nocturna, de abandonar los juegos en el patio para evitar lesiones, y de convertirse en un chaval hiponcondríaco al que cualquier acceso de tos le parece la amenaza definitiva.

La solución le llegará de la mano del abuelo, cuando logra convencerle de que “siempre estamos aunque nos hayamos ido” –un poco al estilo de la película “Coco”-, y le anima a excavar un hoyo en la arena de la playa donde poder enterrar  sus temores. No es casual que el ganador del concurso sea un maestro porque la verdad es que la historia rezuma pedagogía. Se llama Héctor Alarcia y la otra tarde pude hablar en la radio con él y con un tipo magnífico, Jesús Pozo, un periodista que a través de la revista que dirige  –está en los tanatorios, búsquenla la próxima vez que tengan que acudir a uno- ha obrado el milagro de normalizar las conversaciones sobre la muerte a partir de la cultura; de hecho, el nombre completo es 'Adiós… cultural'.

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Hace mucho tiempo que en sus páginas se abordan sin tapujos temas como la eutanasia o el suicidio, asuntos que en el circuito político y social embarrancan sistemáticamente o se estrellan contra el pavor que suelen generar los prejuicios ante problemas complejos. ¡Qué lástima no haberles conocido antes! Hoy –afortunadamente- puedo decir que mi relación con la muerte está bastante normalizada, a lo cual no es ajena la lista de bajas por defunción que se ha incrementado durante los últimos años entre familia y amigos. Como diría el gran José Sacristán: “Cada vez disparan más cerca….”. Pero creo que esperar a pie firme la bala que lleva tu nombre exprimiendo cada día sin amarguras innecesarias –y sin gastar energía en gilipolleces- supone la mejor de las victorias.

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