06 jun 2020

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IDEAS

El puesto de Barcelona en la Feria del Libro de Buenos Aires.

ACN / PERE FRANCESCH

Pizzas en Kentucky, Buenos Aires

Miqui Otero

Cuando levanté la cabeza en la cafetería del aeropuerto de Barcelona y mi mirada se topó con Soraya Sáenz de Santamaría, me planteé seriamente si debía coger el avión.

Invitado a la Feria del Libro de Buenos Aires por el Institut Ramon Llull, como parte de la expedición de Barcelona como su ciudad invitada, debía hablar allí sobre crisis y novela. 'Rayos', mi último libro, lleva ese título porque son ellos los que anuncian la tormenta (en este caso, la tormenta financiera del 2008), y la aparición mariana de la exvicepresidenta no era, desde luego, el mejor presagio a unas pocas horas de las elecciones generales.

Llovía, también, el primer día que entré por primera vez en Buenos Aires pensando en síntomas. Y no era uno bueno, desde luego, que el  primer taxista me explicara, por ejemplo, que hacía ya demasiados meses que no se permitía el asado de los domingos. Trabajaba todos ellos y no le alcanzaba para la carne, pero tampoco (se disculpaba) para el ambientador con el que solía aromatizar los trayectos de tipos con moneda más fuerte como la mía.

Todo en la capital de Argentina es grande, trepidante y, sin embargo, de otra época

Todo amanece brillante si lo mira el forastero y el sol encendía ya el segundo día las hojas de plátanos enormes de las calles del barrio de Palermo, con sus librerías magníficas y sus plazas (Cortázar) y calles (Borges) bautizadas con nombres de escritores. Todo en Buenos Aires es grande, trepidante y, sin embargo, de otra época, como esos buses de colores ochenteros pero futuristas que parecen los juguetes de un niño gigante que los puso a circular caprichosamente por sus calles.

Pese a las noticias del peso en caída libre y los preparativos para la huelga de días después, todo, digo, parecía normal en la feria y en los barrios colindantes. Normal no, hermoso, algo que no suele ser normal. Y, sin embargo, esa voluntaria del festival con 24 años me explicaba, por ejemplo, que hacía meses que no podía permitirse beber leche  (calculamos dos euros por litro). Y que no sabía si lo que estudiaba (lo que vivía y los planes de lo que querría vivir) le servirían para algo.       

Quizás otro día explicaré otras maravillosas escenas, protagonizadas por gente de discurso articulado y mirada eléctrica. Pero hoy, a horas de tomar el vuelo de vuelta a Barcelona, solo pienso en síntomas y crisis y cómo de algún modo los invitados aquí, los escritores, deberíamos seguir empeñados en explicarlos. Explicarlos desde la vida anónima, como la de esos jubilados de aquella novela ambientada en un barrio de esta ciudad y firmada por César Aira a quienes, en plena crisis del 2011, no les alcanza la pensión así que se meten a repartidores de pizzas. Y de ellos y sus compañeros se dice: "Sentían que lo que llevaban a las casas no eran pizzas: eran mensajes que nadie entendía, el mensaje de la desaparición de todo".

Aunque no desaparece ni el obelisco ni el talento de la gente conocida ni los brindis por los mensajes y futuros alternativos de novelas por escribir.