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Pequeño observatorio

Una imagen del Paseo de Gràcia en 1905. 

FREDERIC BALLEL -ARXIU HISTÒRIC DE BARCELONA

Ensanchar ideas y sentimientos

Josep Maria Espinàs

Siempre he defendido las calles del Eixample, unas calles que entonces, hace muchos años, algunos criticaban

Mi hermano Oriol me ha traído a casa una serie de fotografías de calles de Barcelona. Ya hace mucho tiempo que le interesan unos textos que se pueden encontrar en las calles de Ciutat Vella. Son textos ya muy antiguos, que habitualmente están adheridos a las paredes de las casas. Rótulos de artesanía que han sobrevivido al paso del tiempo. Unas fachadas gruesas y algo rugosas que han aguantado, durante siglos, lluvias y vientos.

¿Se podría decir que mi hermano Oriol podría ser un mirón de fachadas antiguas? En aquellas fachadas de piedra vieja palpita el pasado. No hay dos fachadas iguales. Como no hay dos ciudadanos idénticos que pasen por delante.

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Recuerdo tiempos antiguos en Barcelona y me hubiera gustado conocer el Café de la Alegría, yo que he escrito tantos libros en los cafés. Pero no sé si podría escribir en un lugar famoso de perversión. Claro que dicen que hay libros perversos...

En un libro sobre Barcelona leo esto: "El Café de la Alegría es centro de perdición, donde se baila flamenco con toda la perfección. No se permite por excusa la blusa. Todo caballero lleva sombrero. Y van niños a la inclusa sin su nombre verdadero".

¡Qué barbaridad! Qué tiempos. En 1949 Lluís Aymerich escribió un libro sobre la historia de las calles de Barcelona en el que aparecen muchos datos. Lo releo de vez en cuando y le estoy muy agradecido.

Yo soy barcelonés de nacimiento y de supervivencia, si es que puedo decirlo así. He podido ver a Barcelona en guerra y a Barcelona en paz. Quizás diré una tontería: amo mis calles.

Siempre he defendido las calles del Eixample, unas calles que entonces, hace muchos años, algunos criticaban y me parece que se equivocaron. En cualquier caso, yo pienso que en esta vida es conveniente ensanchar ideas y sentimientos.

En cambio, los pasillos estrechos tienen un punto de misterio y no se puede ver muy bien qué nos espera más allá.

Ya me perdonará, pues. A mí no me gusta mucho la oscuridad y siempre he confiado en el más allá.

Si el dicho dice que la cara es el reflejo del alma, las calles también.