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MIRADOR

Debates y mentiras

JOSE LUIS ROCA

Debates y mentiras

Sílvia Cóppulo

Veremos qué réditos electorales sacan unos y otros de su potencia, su calculada suavidad, de sus verdades y mentiras

Las mentiras sin rubor alguno danzan a su albor por los platós de televisión. La novedad, acaso, es que los candidatos se llaman mentirosos los unos a los otros. Se insultan en un ejercicio de dominación y poder. Los líderes políticos saben muy bien que, en términos posmodernos, lo importante no son los hechos, es la narración. A menudo la verdad molesta; por eso se la trata con desdén, porque interfiere en el hilo argumental que se quiere tejer.

En los dos debates televisivos consecutivos de ámbito español, tanto Pedro Sánchez, como Pablo Casado y Albert Rivera se han descalificado directamente llamándose "mentiroso, maleducado o impertinente". Cuando las palabras propias no gozan de suficiente confianza, hay que sacar de todo: fotos enmarcadas, gráficas, cartas, recortes de periódicos, etc. que las sostengan. En algún momento se roza la charlatanería, que, según el filósofo H. G. Frankfurt, es peor que la mentira, porque no rechaza la autoridad de la verdad y se opone a ella, sino que ni siquiera le presta atención.

Los tres líderes referidos se postulan como presidentes. Pablo Iglesias, no. El podemista se sitúa en la realidad y reclama el voto para poder entrar en el Gobierno de Sánchez e influir. Un Pablo Iglesias muy moderado en las formas, lejos de aquel estilo radical que le definiera. ¿Se acuerdan de cuando insultaba al resto de partidos gritándoles "casta"? Este 'nuevo' Iglesias consigue mantener el discurso crítico, pero ni insulta ni entra en descalificaciones personales. Apela a la responsabilidad y al respeto entre unos y otros, refiriéndose a la audiencia como si estuviera dialogando con ella. Atiende a los moderadores, usa un tono de voz muy comedido y sincroniza la comunicación no verbal con la oral, seguro, ponderado.

Incluso conectando con las mujeres cuando el debate embarrancó en la violencia machista. O con Catalunya: "La política necesita -afirmó- que se sienten en una mesa donde estén todos y lo sabemos", les dice. ¿Por qué ese cambio de estilo? No es un dato menor que Google Trends le aplaudiera, ni que Twitter optara mayoritariamente por criticar las formas aceleradas de Albert Rivera. Veremos qué réditos electorales sacan unos y otros de su potencia, su calculada suavidad, de sus verdades y mentiras.

Los debates son esenciales en democracia, aunque aporten poca veracidad. Tomamos decisiones en base a nuestra percepción de la realidad que nos presentan y sobre el grado de confianza que otorgamos a los líderes políticos. Su capacidad de resistencia, de riesgo y de liderazgo. Su ser o no ser verdad. Me gustaría pensar que los votantes, una vez que los propios medios, como nuestro periódico, destapan las mentiras (o 'fake news') que cada día nos cuentan los políticos en campaña, se dejarán guiar por la verdad. George Orwell anunció que el concepto de verdad objetiva estaba desapareciendo del mundo y que las mentiras serían las protagonistas de la historia. Añadió también que, en tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario.