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La pasión por las civilizaciones antiguas

Explorar el pasado

MONRA

Explorar el pasado

Jordi Serrallonga

De L'Hort de la Boquera a la Cueva de Altamira, la arqueología nos sorprende con nuevos hallazgos

No tengo el ingenio de Groucho Marx... solo soy un bicho raro. Por lo tanto, de pertenecer a algún club, es porque me he admitido a mí mismo. Uno, el más numeroso, bebe del que fundara el abuelo de Darwin en Birmingham: el Club de los Lunáticos y Lunáticas del Museu de Ciències Naturals de Barcelona. Los tres restantes son de círculo reducido. El formado por José Luis Serrano y yo (desde primero de la EGB), el que mantendré siempre con Marcos Carrasco –compañero de aventuras y desventuras–, y otro donde somos multitud: tres. Se gestó con el título de Almásy-Darwin Explorers Club.

Lo de Almásy fue a petición de Jacinto Antón. De la tríada es el único que sabe esgrima, y en un duelo –a espada, sable o florete– sales malparado. Gabi Martínez, y un servidor, aprobamos encantados la propuesta. Lo nuestro es hablar sobre pájaros ornitológicos y aeronáuticos, calamares gigantes y tesoros arqueológicos; como el que encontró, en 1933, el conde Almásy durante sus exploraciones por el desierto líbico: las pinturas rupestres de la Cueva de los Nadadores (véase 'El paciente inglés'). Precisamente, buscando un hueco para charlar sobre el Cadillac del Cielo, P-51 Mustang, Jacinto me envió un mensaje por WhatsApp: «El lunes... en la Universitat de Barcelona. Tus colegas presentan un nuevo hallazgo».

La magia del arte rupestre

¡Menuda sorpresa! Había regresado de una expedición por Egipto y la bandeja de entrada sacaba humo. Di con el correo y, al instante, contacté con el director del SERP: Josep Mª Fullola, uno de mis mentores en la UB. Catedrático de Prehistoria, y nieto de Lluís Pericot, me acogió en su equipo nada más iniciar la carrera. Yo le calentaba la cabeza con chimpancés y primeros homínidos africanos, y él nos ilustraba con la magia que esconde el arte rupestre. Ahora, tras un largo estudio de laboratorio, estaban a punto de hacer público el descubrimiento de una piedra calcárea con grabados paleolíticos de aves y seres humanos. La misma roca que, dos días después, pude admirar en el Aula Magna. Hubiera deseado postrarme allí, frente a ella, escribiendo notas y dibujando garabatos –tal como hicieran Darwin y Almásy en sus libretas de campo–, pero era el turno para los fotógrafos y cámaras de televisión. Y es que no hemos perdido la ilusión por explorar, descubrir y divulgar. Siguen y seguirán apareciendo noticias capaces de hacernos revivir los grandes hitos de la arqueología.

No hemos perdido la ilusión por explorar, descubrir y divulgar

El naturalista Marcelino Sanz de Sautuola sentía fascinación por los fósiles del pasado. En la Exposición Universal de París (1878) había contemplado varios artefactos prehistóricos y, de regreso a Santander, decidió revisitar una cueva situada en Santillana del Mar. Quería ser uno de aquellos buscadores de herramientas de sílex y faunas antediluvianas. Era el verano de 1879, y mientras removía los sedimentos, su hija María se adentró en la cavidad. Para el guion quedaría bien decir que la pequeña, de tan solo 8 años, se perdió; pero no fue así. Salió en busca de su padre y lo condujo hasta la 'Capilla Sixtina' de la prehistoria: «Papá, mira: ¡bueyes!».

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Los bueyes resultaron ser bisontes... habían descubierto las famosas pinturas rupestres de Altamira. Solo faltaba convencer a la comunidad científica. ¿Cómo? Los popes franceses que tanto admiraba Sautuola se erigieron en los grandes enemigos de Altamira. Aquella maravilla artística no podía ser propia de los trogloditas de la Edad de Piedra sino producto de algún falsificador o, a lo sumo, de una cultura histórica «evolucionada». Finalmente, el hallazgo, en Francia, de cuevas con motivos similares supuso el justo reconocimiento de Altamira.

De Cantabria a Catalunya. Los dos codirectores de las excavaciones del SERP en el yacimiento de L' Hort de la Boquera (Margalef de Montsant, Tarragona), y tras décadas de trabajo en este asentamiento de cazadores-recolectores, dieron en el 2011 con una voluminosa y redondeada piedra. Al darle la vuelta salió a la luz un tesoro celosamente guardado durante 12.500 años. Pilar García-Argüelles y Jordi Nadal eran los primeros en contemplar una secuencia de dos figuras humanas y dos aves; una muestra excepcional en el marco del arte paleolítico europeo. Los mismos grabados exhibidos por Inés Domingo, investigadora de ICREA, durante la rueda de prensa en la UB. El pajarraco más grande recuerda a un moa extinto; pero no estamos en Nueva Zelanda y Nadal, sabedor de mi desbocada imaginación, consigue devolverme a la realidad: «es una grulla». Hoy vuela gracias a nuestra pasión por explorar, descubrir y divulgar el pasado.

Temas: Arqueología