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ANÁLISIS

Coutinho protege un balón ante la presión de Zaldua.

JORDI COTRINA

Lo que esconde el triplete

Jordi Puntí

Este martes, cuando se acerquen a las paradas de Sant Jordi, es probable que se fijen en cosas muy diversas para acabar escogiendo el libro que más les gusta. Más allá del texto, a lo mejor les atrae el título, la foto de la cubierta, el resumen de la contracubierta o la cita que abre el libro, o incluso puede que lo compren porque allí enfrente está el autor y se lo dedicará personalmente. Hace varias décadas, los lingüistas franceses decidieron que todo eso que influye en nuestra percepción de un libro, pero no forma parte del texto, debería llamarse paratexto.

De una forma similar, podríamos decir que en el futbol existe también el “parafutbol”, que serían todos aquellos aspectos alrededor de un partido que intervienen en nuestra percepción del juego e incluso del resultado. Entre los paratextos  del futbol caben cosas tan habituales como los gestos del entrenador en la banda, los cánticos de los aficionados, los mosaicos de animación o incluso la celebración de los goles por parte de los jugadores. Todo acaba influyendo de alguna forma en el devenir del juego. Esta semana en el Camp Nou hemos asistido a dos paratextos que no aparecen muy a menudo, y que incluso tenían un aire antiguo, como de otra época.

Por una parte está el serial de Coutinho. Su gesto de taparse los oídos tras el gol al Manchester United tuvo una repercusión negativa, y de alguna forma obligó a un plebiscito para que el aficionado tomara partido. Así, frente a la Real Sociedad, vimos como una parte de la afición silbaba su salida al campo, algo que no había ocurrido ni siquiera durante sus actuaciones más pobres (y este año ha habido unas cuantas). Como ocurrió la temporada pasada con André Gomes, la silbada no era mayoritaria, pero en tiempos de bonanza hay que verla como algo muy incómodo, un paratexto contrario a los intereses del equipo, un síntoma de que algo no acaba de funcionar.

Poso de nostalgia

La otra sorpresa paratextual fue el entusiasmo con que el público recibió el gol del Ajax que le clasificaba para las semifinales. Hace años que no se vivía una celebración a terceros, digamos, con tanta alegría. Antes, cuando había más partidos simultáneos, se solían corear los goles contra el Real Madrid o el Espanyol. El otro día el motivo era triple: se aplaudía la eliminación de la Juventus de Cristiano Ronaldo, y se celebraba el éxito del fichaje De Jong. Además yo vi también que el público se felicitaba por el triunfo de un equipo hermano, el Ajax, y en ese gesto había un poso de nostalgia y quizá de envidia: el recuerdo de un estilo de futbol que nos es propio y ahora mismo resulta caro de ver.

No sé, son tiempos extraños para el barcelonismo, de una cierta crisis de identidad. Muchos aficionados no se reconocen del todo en el juego del equipo, como si se hubieran distanciado de su mejor amigo, pero al mismo tiempo les seduce la posibilidad de conseguir un triplete y prefieren evitar el conflicto. Sin ánimos de sembrar cizaña, quizá convenga recordar que son dos ahora mismo los equipos que aspiran al triplete -Ajax y Barça-, pero al final solo uno lo conseguirá, o ninguno.