25 oct 2020

Ir a contenido

análisis

Seguiores de Binyiamin Netanyahu celebran el triunfo electoral del primer ministro con una pancarta con el nombre del presidente de EEUU, Donald Trump.

REUTERS / RONEN ZVULUN

Israel vota por el continuismo

Ignacio Álvarez-Ossorio

El tajante apoyo de Donald Trump ha sido determinante en este triunfo in extremis de Netanyahu, a quien no le han pasado factura las investigaciones por soborno, fraude y abuso de poder

Las elecciones legislativas israelís han sido más reñidas de lo previsto. Los resultados muestran un empate técnico entre el Likud y Azul y Blanco, aunque sólo Netanyahu dispone de los respaldos suficientes para formar un gobierno de coalición. Para ello cuenta con el sostén de sus aliados tradicionales: los partidos ultraortodoxos sefardís y askenazís Shas y Unión de la Torah, así como los derechistas Israel Nuestra Casa, Unión de la Derecha y Kullanu. El tajante apoyo de Donald Trump ha sido determinante en este triunfo in extremis de Netanyahu, a quien no le han pasado factura las investigaciones por soborno, fraude y abuso de poder de las que es objeto. De lograr formar su quinto gobierno, Netanyahu conseguiría superar en mandatos al propio Ben Gurion, padre del Estado israelí.

La gran sorpresa electoral ha sido Azul y Blanco, una coalición liderada por militares de alto rango que también incluía al laico Yesh Atid. El general Benny Gantz, su líder, ha tratado de capitalizar buena parte del voto de descontento contra Netanyahu. No es el primer militar, ni tampoco será el último, que aspira a hacerse con las riendas del poder, ya que Isaac RabinEhud Barak o Ariel Sharon ya ocuparon el puesto de primer ministro beneficiándose de la enorme popularidad que disfrutan las Fuerzas Armadas en la sociedad israelí. No obstante, su falta de concreción en temas capitales ha impedido el esperado sorpasso.

El tercer elemento a destacar es la debacle laborista y la humillante derrota del denominado campo de la paz. El Partido Laborista, que disfrutó de una posición hegemónica en la escena política hasta 1977, ha tocado fondo al obtener sólo seis diputados (menos de un tercio de los logrados en 2015), muy lejos de los 44 alcanzados por Rabin en 1992 y que le permitieron firmar el Acuerdo de Oslo. El izquierdista Meretz también cede posiciones y sólo cosecha cuatro escaños, al límite de quedarse fuera de la Knesset.

Formaciones religiosas

Las elecciones también nos han permitido constatar que el abismo entre las dos principales urbes del país continúa creciendo. Mientras que la mediterránea y cosmopolita Tel Aviv ha apoyado mayoritariamente a la coalición Azul y Blanco (con casi el 50% de los votos) y los partidos del campo de la paz (con otro 17,5%), en la conservadora y religiosa Jerusalén los votantes se han decantado por las formaciones religiosas (37%) y, en menor medida, el Likud (25%).

La cuestión palestina ha sido la gran ausente de la campaña electoral. La mayor parte de los candidatos han evitado pronunciarse sobre el proceso de paz siendo Netanyahu el único en romper esta atonía al prometer la anexión de la mitad de Cisjordania que concentra los bloques de asentamientos. Esta propuesta de última hora le ha granjeado el decisivo apoyo de los colonos e, igualmente, explicaría la escasa participación de la minoría árabe (votó menos del 50% del censo), a la que buena parte de la población judía tacha de quintacolumna incrustada en el seno de la sociedad israelí.