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IDEAS

Joaquim Maria Puyal, en el estadio Ciutat de València, en el 2012

Puyal y el catalán

Xavier Bru de Sala

Cuando encarábamos la Transición y dábamos los primeros pasos de la normalidad democrática, estaba tan extendida la conciencia de la degradación del catalán que no pocos medios, entre ellos los públicos, a cargo del Estado, y este diario como pionero entre los privados, dedicaban programas y páginas enteras a su rehabilitación. El idioma proscrito por el franquismo debía recuperar posiciones en la vida pública y vigor interno. El comunicador que mejor entendió el reto fue Joaquim Maria Puyal, a quien recuerdo sentado en los bancos donde estudiábamos Filología. El catalán, según Puyal, debía ser natural, comprensible e innovador. Había que crear un universo léxico y expresivo arraigado en el habla popular. Esto mismo predicaba con otros y justas palabras, el añorado Jaime Gil de Biedma cuando afirmaba que el catalán no debía ser un idioma redundante.

El proceso de convertir el catalán en idioma redundante, es decir calcado del castellano, está más cerca de culminar que el 'procés' político

Medio siglo más tarde, se puede afirmar con toda contundencia que ningún profesional de los medios de comunicación, ninguno, ni de los públicos ni de los privados, ha seguido ni el ejemplo de Puyal ni el amable consejo de Gil de Biedma. Unos hablan o escriben mejor que otros, pero nadie se ha preocupado por mejorarse la expresividad y la sintaxis. Al contrario, el catalán se degrada al principio lentamente, ahora ya de forma más acelerada y casi inexorable. El proceso de convertir el catalán en idioma redundante, es decir calcado del castellano, está más cerca de culminar que el 'procés' político.

Sea por leyes asimilacionistas o por su propio peso, el castellano es un idioma que dispone de muchas facilidades para imponerse. El catalán, en cambio, es una lengua de adhesión que no para de perder adherencia, tanto porque se vuelve superficial y redundante –deja de expresar una visión particular del mundo, ajeno o propio– como porque que sus profesionales, incluidos los de la cultura obsesionados con hacer cosquillas al yo, han abandonado la misión de flagelar las contradicciones de su sociedad.