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Urnas preparadas para unas elecciones.

JULIO CARBÓ

Listas electorales, sociedad y partidos

Astrid Barrio

Desde hace algún tiempo, según los datos que ofrece el CIS, un buen número de españoles, más del 15% en el último barómetro, considera que los políticos en general, los partidos y la política son el principal problema que existe actualmente en España. La mala opinión hacia la política no es nueva, se trata de algo muy arraigado y muy propio de la cultura política española. Pero lo que sí que es nuevo y no deja de ser insólito son los crecientes intentos de los partidos políticos por desmarcarse de la política, al menos de la vieja política para abrazar eso tan vago como desconocido que denominan nueva política y que yo todavía no he logrado localizar ni en los manuales ni en las guías docentes de ciencia política.

Uno de los ejemplos más claros de este comportamiento es la voluntad de incorporar a personas ajenas al ámbito político, especialmente al partidista, a las listas electorales, eso a excepción de que procedan de otros partidos lo cual es percibido como un signo de fortaleza y de capacidad de atracción. Las trayectorias políticas cotizan a la baja mientras que proceder del ámbito de la sociedad civil (asociaciones, empresas, medios de comunicación…) cotiza al alza. Este podría ser un mecanismo para tratar de paliar las crecientes (y en muchos casos ciertas) acusaciones de que los partidos han dejado de cumplir una de sus funciones tradicionales como correa de transmisión de las demandas sociales, pero en la práctica la inclusión de personas ajenas a los partidos responde a otros intereses. No se incorporan a las listas porque tengan elevado valor social, sino porque son personas conocidas que proyectan unas determinadas cualidades consideradas positivas y cuyo rostro ayuda a movilizar votos.

Este fenómeno ha estado muy presente en la política catalana desde la constitución de Junts pel Sí en el 2015 y sobre todo a partir del 2017 cuando en la lista de Junts per Catalunya se desplazó a buena parte de los candidatos partidistas en favor de los activistas. Esta circunstancia ha acabado teniendo repercusiones en las instituciones a causa del amateurismo (y protagonismo) de los nuevos diputados electos, que en numerosas ocasiones ha desembocado en situaciones esperpénticas. Es muy posible que a partir de ahora esa dinámica también se traslade al conjunto de la política española.

La experiencia institucional es un grado que no debe desdeñarse al igual que lo es el aprendizaje interno en los partidos, ya que por muy denostados que estén aportan un bagaje muy útil en política. Los partidos, aunque se haya criticado hasta la saciedad que demasiado a menudo potencian mecanismos de selección adversa, también socializan políticamente y actúan como formidables escuelas de formación de cuadros que permiten a sus militantes desarrollar unas habilidades y adquirir conocimientos clave sobre el juego político, un aprendizaje que luego se traslada al ámbito institucional. Ni todo lo que viene de la sociedad es positivo por su sola procedencia ni todo lo que emana de los partidos es malo por naturaleza.