Editorial

25 años del genocidio de Ruanda

Más allá de las 800.000 muertes, la memoria de lo sucedido es insuficiente para aclarar qué resortes se activaron para desencadenar una violencia vesánica

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Refugiados ruandeses pasan junto a los cuerpos sin vida de cientos de compatriotas asesinados en la frontera con Zaire el 18 de julio de 1994. 

Refugiados ruandeses pasan junto a los cuerpos sin vida de cientos de compatriotas asesinados en la frontera con Zaire el 18 de julio de 1994.  / AFP / PASCAL GUYOT

Un cuarto de siglo después de la matanza de tutsis en Ruanda a manos de la mayoría hutu sigue sin saberse a ciencia cierta quiénes manipularon o se aprovecharon del conflicto, a qué intereses respondió el retraimiento de la comunidad internacional para contener el genocidio y hasta qué punto todo se debió a la herencia dejada por el colonialismo belga, que descoyuntó los equilibrios sociales. Más allá de las 800.000 muertes, las 200.000 mujeres violadas y las decenas de miles de desplazados que huyeron del horror de los asesinatos a machetazos, la memoria de lo sucedido resulta insuficiente para aclarar qué resortes se activaron para desencadenar la violencia vesánica que siguió a la muerte del presidente Juvénal Habyarimana, cuyo avión fue abatido por un misil se dice que disparado por el Frente Patriótico Ruandés (tutsi), y aun quién movía los hilos de la organización.

Tampoco se ha podido discernir quién anduvo detrás de la facción más radicalizada de la comunidad hutu, que aprovechó el caos para aniquilar a sus adversarios políticos de la misma etnia, pero no hay duda de que en medio de la carnicería abundaron las venganzas políticas y las rivalidades entre clanes resueltas a sangre y fuego. Pudiera parecer hoy que cuanto sucedió no se volverá a repetir, conmovidos los espíritus por el recuerdo de la tragedia, pero las riquezas que atesora el subsuelo de la región, la opacidad del poder y la acción de los codiciosos son una mezcla explosiva que llena de riesgos el futuro.