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La estrategia del soberanismo

Ilustración de Leonard Beard.

La reinvención del 'peix al cove'

Josep Martí Blanch

Pueden ya contarse con los dedos los que creen que la independencia está en sus últimos cien metros

El soberanismo no pasa la prueba del algodón de la coherencia desde hace tiempo. Suspende cada nuevo examen de realidad. Incapaz, como algunos adolescentes, de aceptar su propio cuerpo. No les gusta lo que ven en el espejo y lo esconden hasta que se acostumbran a él.

Pueden contarse ya con los dedos los que creen firmemente en la unilateralidad o que la independencia está en sus últimos cien metros. Que sean pocos no quiere decir que no sean vistosos. Los hay de mucho postín, como el presidente de la Generalitat, Quim Torra, o el vicepresidente del Parlament, Josep Costa. Añadan algunos diputados más y activistas e 'influencers'. Pero ahí se acaba. A la mayoría de los que siguen defendiendo esa posición les gusta decir que no son políticos. Efectivamente, no lo son; ahí están los exiguos resultados que les acompañan para demostrarlo. Un apunte, Carles Puigdemont no está en esta facción ni en ninguna otra. Está en la suya propia, lo que no quiere decir que no le sean útiles los que siguen diciendo, como él los días pares, que la república ya está proclamada.

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Esquerra, PDECat, JxCat, Crida, CUP; elija al actor que prefiera del repóquer que conforman. Observará que todos aceptan mayoritariamente la realidad a través de los hechos. Con matices propios de cada familia, claro. Pero se asume el marco legal existente. La independencia es ahora una ambición y un deseo que se aleja afortunadamente del camino elegido en el 2017.  A puerta cerrada la independencia ya es como acabar con el hambre en el mundo. Algo bueno que se desea, pero que no se vislumbra en el horizonte.

Y aun así, todos ellos se resisten a ajustar la estrategia política a lo que ahora ya aceptan, unos de forma natural y otros a regañadientes. Que la pared del Estado no era de cartón piedra, que embestirla de cabeza era una temeridad y que Catalunya, en su conjunto, es tan matizada que no permite confundir el todo con una parte. Digamos que solo ERC habla para que se le entienda y, aun así, a menudo, sigue cediendo al impulso del escapismo verbal.

En 1993, la campaña de CiU para las elecciones generales se desarrolló con el lema 'Ara, decidirem'. Quería convencer a los votantes de que la formación convergente era útil y que sus diputados serían imprescindibles para la formación de un Gobierno en Madrid. El PSOE de Felipe González pudo alargar su agonía hasta 1996 gracias a CiU. La influencia se mantuvo cuando el PP de José María Aznar sustituyó a los socialistas. En el primer mandato de la derecha -se acordarán del Majestic que nadie tiene el coraje de reivindicar- también los votos convergentes fueron los que apuntalaron al Gobierno popular desde el centrismo.

ERC viene a decir lo mismo que CiU en 1993 pero sin corbata y JxCat tampoco aspira a más

ERC, con Rufián a la cabeza, viene a decir lo mismo que CiU en 1993 pero sin corbata, menos vocabulario y menos coherencia. JxCat, con Laura Borràs liderando su cartel, sabe que tampoco aspira a nada más, por mucho que su gesto sea más aparatoso y amenacen con el bloqueo. Si se iluminara el escenario y quedasen a la vista los tramoyistas, 'Ara, decidirem' podría ser el eslogan de campaña de unos y con menos entusiasmo también de los otros. Los cambios estructurales que ha provocado el proceso no han servido para alterar la lógica principal de la política en democracia. Cuentan votos y cuentan mayorías. Y en esta tesitura, 'Ara, decidirem' es un ejercicio de realismo.

Atrapados en la propia incapacidad de aceptar explícitamente que esta sea la oferta real del independentismo (dejando a un lado la marginalidad electoral de Front Republicà) vamos a vivir semanas de inflamación emocional propia de una campaña electoral.  Y hay motivos para esa inflamación. Por un lado, los tres jinetes del apocalipsis -real- (Vox, PP, Cs) cabalgando el viejo corcel del anticatalanismo más desacomplejado. Por otro, la evolución del juicio en el Supremo que ya ha desnudado la desvergüenza con la que han actuado los poderes del Estado para privar de libertad de manera preventiva a los juzgados. Añadan a la Junta Electoral, con un celo desmesurado que la lleva al extremo de poner bozal a los periodistas. Así las cosas, el cabreo sigue siendo fácilmente explicable. Pero que la boca del volcán huela a azufre no significa que vaya a entrar en ebullición. Se está, poco a poco y con mala letra, reinventando el nuevo 'peix al cove' del soberanismo. No puede ser el del autonomismo en sus planteamientos y objetivos, pero utilizará artes similares. Cerco, arrastre, trasmallo, palangre y almadraba. Va siendo hora.