23 nov 2020

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El futuro del gigante asiático

China: economía y política

LEONARD BEARD

China: economía y política

Antonio Argandoña

Aún no sabemos si el país entrará en decadencia, si su sistema estallará o si es un modelo para dominar el mercado

¿Será China la primera potencia mundial en un futuro próximo? Si la valoramos por el producto interior bruto en paridad de poder adquisitivo, ya lo es -lo que no significa que sus ciudadanos tengan el nivel de vida más alto. Pero la hegemonía se mide también, al menos, por otros dos indicadores: la capacidad militar y la moneda. La primera está todavía por debajo de Estados Unidos, pero crece rápidamente. Y el dólar está fuertemente asentado como moneda de reserva: es la moneda que se utiliza mayoritariamente en las transacciones internacionales, mientras que el yuan es muy poco utilizado. Gracias a esto, el resto del mundo, empezando por China, financia a Estados Unidos con costes muy bajos.

La causa de esto es que China ha controlado rigurosamente la entrada y salida de capitales del país. Y esto tiene que ver con una de las peculiaridades de la economía china: un país que deja que los capitales se muevan libremente hacia dentro y, sobre todo, hacia fuera, está sujeto a las veleidades de los mercados financieros. Y China ha valorado siempre la estabilidad económica más que el crecimiento y, por supuesto, mucho más que tener un gran papel financiero internacional.

O sea, aunque en China se oigan cantos al libre mercado, no es una economía capitalista, sino que está fuertemente controlada por el Estado y, en definitiva, por el Partido Comunista. Cuando en 2001 ingresó en la Organización Mundial del Comercio, los países occidentales se frotaron las manos, pensando que podrían aprovecharse de un gran mercado liberalizado para vender sus productos y para invertir en sus empresas. No ha sido así: China ha podido exportar libremente, pero el acceso de otros países a su mercado ha sido mucho más limitado, y lo mismo ha ocurrido con las inversiones extranjeras en China.

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Muchos economistas pusieron el grito en el cielo cuando el presidente Trump subió los aranceles de muchos productos chinos: ¡esto era un atentado contra el libre comercio! Pero me parece que la razón principal de las medidas heterodoxas de Trump era intentar el bloqueo del desarrollo de la investigación y el avance tecnológico en China. Así se entiende mejor, por ejemplo, la persecución de la empresa Huawei, líder en lo que está siendo la tecnología del futuro, el 5G; la limitación de las exportaciones de productos tecnológicos a China; las protestas por las violaciones de los derechos de propiedad intelectual (no del 'Quijote' o de la 'Divina Comedia', sino de las patentes tecnológicas) o la preocupación por los ciberataques.

La reciente visita del presidente Xi Jinping muestra que Europa es importante para la estrategia china: para que compremos sus productos, les vendamos los nuestros (sobre todo los de tecnología avanzada), y para que ellos puedan comprar nuestras empresas. La Unión Europea tiene ahí oportunidades, pero también riesgos, porque la política comercial e inversora de China no cuadra con los estándares occidentales: por eso en Europa se le considera como un rival sistémico, y no solo como un competidor económico. Por eso también, la apertura de Italia a las inversiones chinas es un motivo de preocupación en Europa, como también lo es la colonización del continente africano por las empresas de aquel país, o el programa de inversiones de la Ruta de la Seda ('Belt and Road Initiative').  

Los intereses del partido

En resumen, China no es una democracia a la manera de Occidente, sino un país autoritario, con un gobierno que tiene una visión centralizada de la economía, basada en el control de la inversión, el mantenimiento de la estabilidad macroeconómica y el aprovechamiento de todas las ventajas que da un mundo globalizado, aunque esa globalización funcione solo en una dirección, como ya señalamos antes. Mercado, sí, pero subordinado al Estado y, por tanto, que no perjudique a los intereses políticos que, en definitiva, son los de Partido Comunista.

¿Qué pasará en el futuro? Algunos predicen una inevitable decadencia china, dado el envejecimiento demográfico y las malas decisiones de inversión que se han ido tomando a lo largo del tiempo. Otros argumentan que el cambio económico que se avecina acabará haciendo saltar por el aire su modelo político. Otros, en cambio, sostienen que el futuro está ahí: en un gobierno autoritario que domine las veleidades de las empresas y de los consumidores, y que sea capaz de tomar buenas decisiones. Pero sobre todo esto solo tenemos, por ahora, intuiciones y esperanzas o temores.